Cádiz se levanta muy temprano

Cádiz se levanta hoy temprano con la leve impresión de no haber dormido bien. Tras lavarse la cara, se pregunta adónde vamos frente al espejo. Y mientras apura el café, sus sensaciones son encontradas. Le seduce la idea de votar, aunque está indecisa. Otras veces lo tuvo claro, pero hoy no ve a un líder con carisma hasta donde le alcanza la vista. La confianza brilla por su ausencia porque ninguna opción le convence del todo. Cádiz no quiere casarse con ningún partido, lo que necesita son ideas y proyectos serios. Han sido muchas las promesas huecas y muchos los candidatos que quisieron conquistarla, pero en la campaña nadie le habló de su porvenir con la mirada limpia. Entre el ruido y la furia, la revancha y el miedo, ninguna propuesta le invitó a creer de verdad que un día abandonará la cola del paro; que los jóvenes dejaran de marcharse para volver, con suerte, por Carnavales; y que la vivienda dejara de ser un problema.

Cádiz tiene su orgullo y no se cambiaría por nadie. Pero justo por su espectacular ubicación geográfica y por su belleza tan natural, no se explica por qué le niegan las recetas del éxito que llevaron a su puerto en el pasado a ser un caladero de riqueza. Cádiz, la misma que logró ensanchar los derechos y libertades del hombre hace un par de siglos, se conforma con lo justo para vivir, pero nunca dejó de aspirar a lo máximo y ahí está su espíritu de las artes para atestiguarlo. Sólo quiere buscarse la vida y le inquieta que el ambiente esté tan crispado, como si toda la sociedad hubiese perdido la cabeza hablando de cosas que no interesan a nadie. Mareada ante tanta propaganda, Cádiz no sale de su asombro, porque según predican sus pretendientes desde mañana viviremos en el paraíso gobierne quien gobierne.

Le ha mordido el destino tantas veces, que está más que harta de que le digan lo guapa que está mientras se alejan las inversiones y se escapan las oportunidades, una tras otra. Cádiz necesita estrategias y alianzas para emerger a la superficie y ni su ingenio ni su ángel le ayudan frente a tanta palabrería hueca. Le han engañado tanto, que lucha consigo misma para pensar que el cambio es posible y que algún día sus astilleros y su industria recuperarán su esplendor. Como ya dejó escrito con su pluma punzante Juan Carlos Aragón para la Las Ruinas Romanas de Cádiz, esta provincia lleva décadas tragando saliva entre ferias y carnavales, acostumbrada sin complejos a ver cómo la riqueza se queda en el norte. Y no se trata de resignarse, es una denuncia en toda regla hacia quienes la miran con condescendencia. Nadie entiende que en el bendito sur del sur, tan alegre y codiciado, la población envejezca sola y con las rentas más bajas, y que no sepamos proteger a los niños en riesgo de pobreza. Si fuera tan indolente, como algunos insinúan, si lo diese todo por perdido, si no creyese que es posible afianzar su economía y llevar aún más lejos su horizonte, ni se habría levantado de la cama. Pero nada más lejos de la realidad, porque Cádiz será fiel a su espíritu. Acudirá a su colegio a mediodía, y, tras dudar hasta el último minuto detrás de la cortina, exhalará un suspiro e introducirá el sobre en la urna con la ilusión de siempre, esperando que cambie su suerte.

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