Cádiz perdió casi mil habitantes más el año pasado, dado su rácano mercado laboral, el astronómico precio de la vivienda y nuestro conformismo. Como nada cambia, 26.000 gaditanos, muchos de ellos jóvenes, abandonaron la capital en las últimas dos décadas. Y no sólo la capital, la Bahía continúa en caída libre. El Puerto y Puerto Real apenas resisten, y en La Isla se perdieron 1.200 habitantes en una década. Mención aparte merece la Costa Noroeste, con Sanlúcar y Rota como principales motores demográficos. Pero en términos globales, sólo las espectaculares cifras de Chiclana y el Campo de Gibraltar, con Algeciras y San Roque de punta de lanza, maquillaron otro año negro para la provincia en lo que al padrón de habitantes se refiere.

Cádiz es nuevamente la capital de provincia que más habitantes pierde de España, la única superada por dos ciudades de su provincia. Y para más inri, se van los mejor formados, los gaditanos con más talento y potencial. A tenor de que es la ciudad andaluza con los pisos más caros, dan ganas de llorar. Si a esto unimos la falta de imaginación para facilitar el alquiler para jóvenes y que el centro, cada vez más fantasmagórico, ha envejecido, da miedo. Para colmo, no hay manera de aparcar. Ni queriendo se podría ahuyentar a los jóvenes con mayor éxito, pero, por si acaso, han florecido los apartamentos turísticos para copar el mercado. Parece claro que el alcalde, José María González, que este viernes pedía auxilio al resto de administraciones para generar empleo, se dejó llevar por la emoción, tras coger el bastón de mando en 2015, al asegurar que volverían los jóvenes cantando por el puente Carranza. Es cierto que la mayoría regresa, pero sólo por Navidad, y, con suerte, en verano. Por lo demás, Cádiz se parece cada vez más a una ciudad museo, que prefiere vivir de su historia, lamiéndose las heridas, en lugar de reinventarse para frenar la sangría. Lo curioso es que el gaditano no sólo parece resignarse, sino que contribuye a ello con afán renovado. Lo hace cada vez que presume de animar a sus hijos -por si les hiciera falta, a la vista del panorama para la juventud- a estudiar fuera, en una buena universidad, como si la gaditana fuera de segunda. Y vaya si lo tienen claro, más de 27.000 dejaron la provincia y volaron en los últimos dos lustros. ¿Qué hacemos en Cádiz, se preguntan? La capital no responde. Y es paradójico, porque Cádiz es el destino favorito de los erasmus.

Está claro que Cádiz está de moda para divertirse, ¿pero qué oportunidades ofrece a los jóvenes para vivir? A la vista de su huida masiva, no parecen muchas. Entretanto, Cádiz deja pasar el tiempo sin consensuar un modelo universitario que dinamice el centro. Y de su industria mejor ni hablar. Tras la dura reconversión, Bilbao, un buen espejo donde mirarse, en tiempo récord encontró en la cultura y el turismo su palanca hacia el futuro con el Guggenheim por bandera. Málaga apostó por los mismo y triunfó. Nuestro muelle podría ser la penúltima oportunidad para devolverle al centro la vida, antes de que la decadencia vaya a más. Sólo 15 años después de su inauguración, el Guggenheim generó 3.173 millones, 37 veces más que lo que costó. Aquí, en cambio, seguimos sin saber qué hacer con Cádiz, su muelle y su futuro. Eso sí, somos los que más lejos enviamos a los jóvenes del mundo. Con suerte, un día Cádiz se saldrá del mapa y nadie se quejará.

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