LOS datos de los debates de las elecciones de 2008 aseguran que movilizaron escasamente el voto indeciso.

Curiosamente el debate que a mí me impactó hace cuatro años fue el que protagonizaron Pedro Solbes y Manuel Pizarro. Ganó Solbes porque nadie creyó a Pizarro, quien sin embargo vaticinó con precisión todas las penurias que hemos vivido esta legislatura.

El de anoche fue un debate sin gobernantes, toda una rareza. La R de Rubalcaba jugó a ser aspirante de la oposición... de la oposición al programa del PP.

Creo que erró el enfoque, porque demostró que el PP sí tiene programa, aunque la estrategia estaba bien planteada: intentar sembrar la duda a, por este orden, desempleados, pensionistas, usuarios de la sanidad y la educación pública y cónyuges homosexuales ante -el mayor fallo- un Gobierno del PP que dio por hecho. Buscaba nichos de votantes perdidos por la nefasta gestión de la crisis.

La R de Rajoy se centró en lo previsto: poner de manifiesto la política aplicada y hacer a su oponente corresponsable como parte del Gobierno que ha sido. Y en desgranar su propuestas para lograr empleo y, desde la creación de riqueza, mantener el estado del bienestar. Acertó, porque su gran nicho de nuevos votantes está entre los cinco millones de parados, más allá de los convencidos. Parados que les preocupa más volver a trabajar para pagar la hipoteca y la alimentación y la ropa de sus hijos que cualquier amenaza de recorte social.

Rubalcaba estuvo más suelto pero desaprovechó su cartucho: Rajoy logró -leyendo sí, que no es un demérito-, que tiene un plan y lo aplicará, porque nunca dejó su papel, el de jefe de la oposición que aspira a gobernar, digan lo que digan los sondeos.

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