Relatos de verano

Jorge Duarte

Buenos días, Cantinflas (IV)

Resumen de lo publicado. Un señor sube a un taxi y da a su conductor unos efusivos buenos días, pero éste no le devuelve el saludo. Entonces, le confiesa, angustiado, que lleva todo el día intentando que alguien le dé los buenos días sin conseguirlo, como si hubiera una extraña confabulación en su contra. Llega al extremo de ofrecer al taxista, apodado Cantinflas, cien euros sólo por pronunciar “buenos días”. Pero ni por esas. Obsesionado, lo intenta, asimismo, a través de la ventanilla, con un señor de aspecto distinguido que pasa junto al taxi.

BUENOS días -repetí con la voz bien levantada. Esperé un tiempo más que razonable para que me devolviera el saludo, pasado el cual sin que lo hiciera, proseguí diciendo-. El caso es que…, bueno…, a ver cómo se lo digo… No crea que es fácil… A todo esto, ¿no me dice buenos días? Que no se pierdan las buenas maneras, ¿no le parece?

-Que no se pierdan -repitió el señor-. Pero… ¿qué quería decirme? Tengo un poco de prisa…

-¿Le importaría decirme antes "buenos días"? Soy un poco maniático con los saludos y…

-¿No le he saludado? -respondió el hombre-. Juraría que… ¿Me conoce de algo? ¿Estudiamos juntos, quizá? La verdad es que para las caras soy un desastre.

-No creo…

-Ya decía yo. Como se dirige a mí con tanta familiaridad, pensé que… En fin, lo dicho. Adiós y muchas gracias -dijo esto último dirigiéndose al taxista. Y se fue a toda prisa.

Cantinflas me miraba atónito, con los ojos abiertos de par en par.

-¿Qué mira, oiga? -pregunté-. Por su expresión cualquiera diría que se me ha derretido la cara.

-No sé qué pensar de usted. ¡Menudo personaje! -masculló para sí, con la mirada clavada en mi rostro y meneando la cabeza extrañamente.

-¡Hala, ya me ha estudiado bastante! Ahora a trabajar. Lléveme, cagando leches, a la calle Lola Flores.

-¿Lola Flores ha dicho usted? ¡Olé, olé y requeteolé! -exclamó el tipo, encandilado-. Acaba de nombrar a la innombrable: ¡La Lola de España! No había otra como la Faraona en lo alto del escenario. ¡Qué arte, Dios mío! Nadie le hacía sombra. Ni la Piquer, ni Rocío Jurado, ni la Pantoja… Nunca olvidaré el día que se montó en mi taxi. Se sentó justo donde está usted… -El hombre, completamente transfigurado, esbozaba una estúpida sonrisa y reviraba la mirada a cada instante- ¿Sabe qué fue lo primero que me dijo? -preguntó, excitado en grado sumo.

-No sé… -respondí con indolencia-. Pero apuesto mi vida a que va a desvelar el misterio en los próximos segundos.

-Era una noche de luna llena, de las más calurosas del mes de julio -empezó a relatar, adoptando, súbitamente, una expresión grave y un tono introspectivo y asombrosamente poético-. Casi apuntaba el alba. Mi taxi era el único de la parada. Algunos bares empezaban a abrir y los camiones de la limpieza se alejaban dejando tras de sí los efluvios del asfalto recién regado. Yo dormitaba sentado al volante cuando vi doblar por una esquina, y entrar en la plaza donde mi taxi estaba aparcado, a la mujer más espectacular que mis ojos hayan visto nunca. Llevaba puesto un precioso vestido de seda blanco inmaculado, y canturreaba con alegría, como si viniera de celebrar algo. Mis sospechas de que podía tratarse de la mismísima Lola Flores se confirmaron nada más distinguir sus facciones bajo la luz de una farola. Cruzó la desolada plaza y se encaminó directamente hacia mi coche, contorneándose con esa gracia que la hacía única. Me quedé absorto, sin saber cómo reaccionar ante aquella radiante aparición… -Interrumpió, súbitamente, su emotiva plática, como si se le hubiese atravesado un nudo en la garganta. Sacó de su bolsillo un pañuelo, arrugado y sucio como el de un mecánico de coches, y lo pasó por su frente y húmedos ojos. Me pareció oír de su garganta algunos gemidos ahogados. Al cabo de unos instantes, ya más calmado, prosiguió diciendo-. Aquella criatura celestial se detuvo frente a la puerta de atrás, la abrió con sigilo, como si no quisiera llamar la atención, y se montó. No podía creer que algo así me estuviera pasando a mí. Antes de que pudiera reaccionar, sentí su mano en mi hombro derecho. Lo oprimía con familiaridad, como si fuésemos amigos de toda la vida. Sin dejar de masajearlo, aproximó su boca a mi oreja y, en voz baja, casi en susurros, dijo: "Bonita noche, ¿no le parece?". Su angelical carita, su voluptuoso pelo, su perfume cautivador, la forma en que…

-¡Por el amor de Dios! -le interrumpí de mala manera-. Deje ya de martirizarme. Me están entrando ganas de vomitar con el argumento de esa telenovela barata. Arranque de una puñetera vez y diríjase a la calle cuyo nombre coincide con el de esa momia. Además, si quiere que le dé un consejo, no cuente esa historia de un modo tan cursi e irreal. Da la sensación de que se la está inventando de cabo a rabo. No es creíble que Lola Flores anduviera por las calles de madrugada, completamente sola y encima cantando a las estrellas, como Judy Garland en El Mago de Oz. Y por si fuera poco, le da un masaje erótico en los hombros. ¿Cómo termina esa historia, desnudos ambos y haciendo el amor desenfrenadamente dentro del taxi?

-Es usted un… un… -El taxista, con el rostro cada vez más rojo, balbuceaba como un retrasado, incapaz de articular palabra alguna.

-Vamos, Cantinflas, tranquilícese. ¿Quién no ha contado alguna vez una trola sobre faldas? Los hombres necesitamos reafirmar nuestra masculinidad de vez en cuando.

-¡Bájese ahora mismo de mi taxi! -explotó al fin, a voz en gritos.

-¿Sin pagarle lo que marca el taxímetro? Genial. Por lo que se ve, hoy es mi día de suerte. Una cuestión antes de irme: ¿autoriza al segundo taxi a que me lleve? Por lo visto tenéis un pacto sagrado que…

-Sólo digo que no soy un mentiroso -dijo, repentinamente templado, a lo que contribuyó decisivamente el fugaz vistazo que acababa de echarle al taxímetro, que andaba por los cincuenta y cinco euros-. Ni me llame Cantinflas. Le acabo de decir que odio que me llamen así.

-Entonces, ¿me bajo o no me bajo?

-Puede quedarse -dijo con la boca pequeña-. Pero, se lo advierto, no vuelva a faltarme al respeto, porque no respondo de mí.

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