Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Bruselas desintegrada

Bruselas es una ciudad cuya centralidad en Europa es incontestable. Allí tienen sede la mayor parte de los organismos e instituciones comunitarios: el Parlamento -de mayor quiero ser eurodiputado-, Consejo, Comisión y Agencias clave de la UE; altos tribunales de Justicia, BCE, Defensor del Pueblo. También la OTAN. Tal centralidad le otorga muchos de los beneficios del llamado efecto sede: una oferta alta y ancha de servicios para la vida doméstica, culturales, de transporte, comerciales, educativos, incluidos los de más alto nivel; una oferta asociada a una demanda variopinta, multinacional, exigente.

Las glorias materiales que se importaron desde África a la capital de un país más pequeño que grande, que no es flamenca ni es valona ni musulmana, se erigen en forma de también gloriosas construcciones, museos; la Ópera Real, plazas y palacios imponentes, jardines mágicos en pleno centro, que apenas se entrevén en las traseras de los condominios; barrios residenciales como Tervuren o Ixelles, mobiliario urbano que evoca las riquezas -marfil, caucho- extraídas a sangre y fuego del Congo, donde el rey Leopoldo II generó una leyenda bien negra, y ya en el XIX y XX. "El horror" que narró Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas fue inspirado en las atrocidades imperiales en el Congo Belga.

Los ricos moradores de ciertos barrios de la actual Bruselas se niegan a que el transporte público -¡Metro, vade retro!- lleguen a sus serenas y señoriales calles: de esa facilidad provendría la segunda oleada inmigratoria, ya interior, y su absorción cultural. Y la huida de los indígenas, y la arribada de la inmigración (la otra, la no eurócrata). El fracaso de la integración es patente en esta ciudad, y lo es ya en muchas otras. Chavales jóvenes que pasean con sus jóvenes novias, ellas varios metros por detrás y con el cabello bien tapado. Barrios, otrora habitados por una burguesía vibrante y próspera, que, como Molenbeek, hoy parecen una ciudad magrebí en un contexto de prestaciones sociales y arquitecturas disonantes con sus nuevos vecinos y costumbres. Pelotones de diez soldados aquí y allá, mimetizados, armados con fusiles de asalto y embutidos con chalecos antibalas. Eso también es Bruselas, y como ella, otras ciudades del primer mundo envejecido. Cuyos antiguos pobladores originarios serán en breve minoría, también minoría votante. El bruselense medio es muy dado a hacer pedagogía callejera con gestos de sutil reproche a los eurócratas. No fueron tan pedagógicos con la necesaria integración africana y, en concreto, musulmana. Y ahora, qué.

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