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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Besos y poder

El coronavirus está sirviendo de pegamento de las Españas y a muy pocos ciudadanos les parece mal que esto ocurra

Poco a poco vamos teniendo algunas pistas de en qué consiste la "nueva normalidad". Y no nos referimos en exclusiva a la recomendación de los expertos de no darse besos de tornillo, que vuelve a demostrar la vieja ley de que todo tiende a ir a peor en las cosas verdaderamente importantes, sino a algo menos profundo: el modelo territorial de España. En este sentido el país ha experimentado un vuelco similar al del barco Poseidón. Lo decimos por lo repentino y aparatoso de dicho giro, ya que aún es pronto para calcular las verdaderas intenciones de un Gobierno que empezó siendo el adalid de la "España plurinacional" (así la llamaban con intolerable inelegancia) y ha acabado ejerciendo el poder de jacobinas maneras. Aun así, si al otro lado del papel o pantalla hay algún lector con anhelos centralistas (o simplemente lector), le recomendamos que no se haga demasiadas ilusiones, pues tanto Sánchez como Iglesias, las dos jetas de este gobierno bifronte, son expertos en orientar sus convicciones hacia donde sople el viento de la actualidad. El presidente del Gobierno bien podría recordar a Marx (Groucho): "Este es mi modelo territorial de España, pero si no le gusta tengo otros".

Empezamos la legislatura con un rumor de cantonalización y la vamos a acabar prietas las filas. La muerte, como nos enseñó Manrique, todo lo iguala y el único derecho histórico que conoce es el de la guadaña y la arena cayendo. El coronavirus está sirviendo de pegamento de las Españas y, más allá de las quejas rutinarias de las autonomías del PP y de la desesperación de Torra y Urkullu, a muy pocos ciudadanos les parece mal que esto ocurra. Incluso hemos visto un renacer de las decimonónicas y patrióticas provincias, a las que tantos habían dado por muertas.

El problema es que esta concentración de poder no sólo atañe a los territorios, sino a la sociedad en general. No son pocos los constitucionalistas que han denunciado estos días que el Gobierno ha aplicado un estado de excepción encubierto. Ni mucho menos estamos, como dicen algunos con interesado patetismo, ante un intento de instaurar una dictadura comunista-bolivariana. Entre otras cosas porque la sociedad civil española (y la militar) nunca lo permitiría. Pero sí es cierto que inquieta tanta prepotencia, especialmente en el sector morado del Gobierno. Al fin y al cabo, el poder, dicen, es como los besos de tornillo: una vez que se prueban crean adicción y largas ensoñaciones.

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