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El lanzador de cuchillos

Bendita inocencia

Es el misterio de la Navidad, el regreso a la niñez, ese tiempo feliz porque aún no tiene memoria

A los futbolistas siempre se les mira con ojos de niño. Por eso, cuando veo en el campo a Ramos o Soldado, siempre me parecen mayores, aunque tengan quince años menos que yo. La Navidad es también territorio infantil. Cuando llegan estas fechas vuelvo a colocarme delante de la tele para ver a las muñecas de Famosa dirigiéndose al portal y me pongo el abrigo gris y la bufanda azul tapándome la boca para hacerme de nuevo aquella foto asustada con Melchor en la puerta de los almacenes Woolworth. La noche de Reyes me acuesto temprano y no olvido dejar mis zapatos en el salón ni un recipiente lleno de agua para que puedan beber los camellos (cuando me mudé de casa me preocupé de que las puertas tuvieran el tamaño suficiente para que pudieran entrar sin dificultad, no fuera a ser que me quedara sin regalos por un problema de acceso). Una vez en la cama, me tapo hasta los ojos y estoy atento a cualquier ruido, por insignificante que sea. Cuando escucho que trastean en la puerta, me hago el dormido, y no muevo un músculo hasta que intuyo que ya se han marchado. Entonces, con el miedo metido en el estómago, me levanto sigilosamente y el corazón se me sale del cuerpo cuando vuelvo a ver mi coche teledirigido, aquel garaje de dos plantas con túnel de lavado y el Geyperman escalador. Es el misterio de la Navidad, el regreso a la niñez, ese tiempo feliz porque aún no tiene memoria.

Uno de los momentos más dramáticos de la vida de las personas es el de la pérdida de la inocencia. El primer puñetazo nos lo dan un hermano mayor o un amigo listillo: Papá Noel no existe, los Reyes Magos son los padres. Cabrones. Charles W. Webb lo reflejó en un poema tierno y descarnado: "Ha tenido dolores en el pecho, pero los doctores no hacen visitas al hogar en el Polo Norte. Un día, dando de comer a los renos, sintió como si la mano de un monstruo le hubiera agarrado el corazón y no dejara de apretar. La sra. Claus sale corriendo de la fábrica de juguetes, gritando, y deja a los duendes frotándose sus manitas nerviosas, y la nariz de Rudolph se prende y se apaga como una luz de ambulancia triste, mientras en Houston Texas, en una de esas casas en serie, yo le digo a mi mamá que los mensos de la escuela dicen que Santa Claus es pura mentira, y ella, tomándome la mano, se sienta conmigo en el sofá de flores moradas, con lágrimas en los ojos, y una terrible noticia en la garganta". Feliz día de los inocentes.

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