Puente de Ureña

Rafael / Duarte

Beatus ille

El levante, viento cantor de la tarde acama las marismas y riza el caño para que sienta el mar al hacer olas, a juego con los tirabuzones de su Virgen, que en la isla es patrona del mar y sus marinos, de engalanados cielos almirantes con cúmulos altivos, nubes que derribadas a poniente, compondrán sus colores, como los vientos que la azotan, los poetas que la cantan.

Paseo por la calle, adusta del otoño, oscura y fresca entre los remolinos de papeles, con la ventanía, zurrando en cables y ventanas, temprano madrugó la madrugada, ¿verdad Pepe Chamorro?, delicia y gozo costero, aunque la polvareda ensucie y encaline el cielo entre lácteo y salino, en los derrumbaderos de los saladares abandonados donde se acostaba el agua para parir la sal.

Suena a tambores rufando, a jarcias sonantes, como campanillas en los mástiles, huele a petricor, ése olor de la lluvia recién levantada, y a alma.

El otoño es la sábana de luz que amortaja la ojera del verano. Todavía el calor se resiste a abandonar el cuerpo, el alma, como si el verano pidiese, como un amor, que lo adorases en la distancia.

Entonces, un ave empina el canto, hace rizos guturales, siega de semitonos.

Estoy en Camposoto. Camposoto eleva en su arena, unos cañaverales empenachados que danzan con el aire. Camposoto posee el verde mate de la salicornia, el verde vivo de la sarcocornia, los trenos y los trinos de tantas aves, también insectívoras, que colman la marisma. Alondras con el penacho, a ras de tierra, la paleta de colores del jilguero, la carbonilla del carricero, el mosquitero silbador, como el te verde de las ramas.

Ah. Los gazapos corriendo entre la maleza. Y, como no, las ratas.

Pero no se corta la paz. El otoño tiene esos colores, tan rabiosamente suyos, que es prácticamente implagiable. Qué más quisieran algunos.

Pero no vengo a quejarme. El fuego del atardecer es un violeta opaco en la distancia, mientras la arena y el plantío se hacen noche. Que las sombras lo primero que colonizan son las dunas y retamas. Que la noche crece desde el suelo mientras el anochecer se pinta los labios, todavía.

Aún, los grillos son los cantores del verano y antes de que la arena se enfríe, cantan con su crispada cacofonía fina.

Me apena que el hombre sea el que destroza el planeta, que no admita una culpa tan clara. Pero también gozo con el espectáculo de la vida, el canto de los pájaros, las ojivas moradas de las nubes, esa vida votiva que emerge en su grandeza a pesar de nosotros.

Aquí, la noche suma alma y el hombre quita cuerpo. Chaucer pidió como sueño imposible llegar a ser el humilde cantor de la tarde. Yo sólo vivirla. El alma es la estación donde el espíritu alcanza en estos ecos su grandeza.

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