NO me resigno. Hay cosas recientes con las que no puedo, no me resigno. Como llamar castellano al español, como hablar de Cataluña y España, como si fuera posible establecer una comparación entre la parte y el todo que la contiene. No se pueden sumar plátanos y uvas. Digo que el resultado final no son plátanos ni uvas, sería el número de unidades: ¿tres plátanos y cuatro uvas cuánto es? Siete. ¿Pero siete qué? Unidades. No plátanos, no uvas. Ya soy muy mayor, no debemos cejar, no debemos rendirnos, hay que luchar por las palabras. Y en estos días vuelve “el despesque” (el corrector salta cuando lo he escrito, he tenido que volver a escribirlo). Lo oí la primera vez en los años ochenta, en una despesca que solía organizar mi inolvidable y queridísimo Pepe Oneto. En aquella ocasión se trajo a Luis del Olmo y otros famosos. Lázaro Rosas y su gente se encargaba de todo en los esteros de Cupimar, en el término municipal de El Puerto de Santa María. Ni siquiera pensé en que se había convertido el presente de subjuntivo del verbo despescar en sustantivo masculino.

Sólo que me sonaba fatal porque el sustantivo originario era femenino y no estaba bien aplicarle un masculino universal, como los árboles, los barcos, los hombres (por los hombres y las mujeres). Era un nuevo término que se introducía de matute, no diré que con mala fe, sólo por madrileñismo ignorante, por extraña eufonía exitosa. Bueno, era una cosa de madrileños pero estos madrileños hablaban en las emisoras de radio, escribían en los periódicos… De este modo podían extender el incorrecto nombre, como ha ocurrido. Hasta el punto de que quienes deberían saber que nunca en los esteros se ha dicho “despesque” sino despesca, ahora lo dicen con toda naturalidad e, incluso, defienden el uso del incorrecto sustantivo forzado por el luminoso “despesca”, que es el nombre que debería usarse, el nombre que viene en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, fuente última de autoridad, última palabra de las palabras. ¿Batalla perdida? No me rindo del mismo modo que no se rinde el costalero que le llaman cargador ni al cargador que le llaman costalero.

Y así. Es como lo de castellano y español. Siento un amor profundísimo por Castilla, pero la lengua que, con más de 500 millones de personas que yo hablo y escribo, no se llama ya castellano, del mismo modo que no se llamaba latino aquel castellano primigenio. Hablo español y en español lo que existe es despesca, la despesca, y no (el) despesque, como sustantivo sino como presente de subjuntivo, que yo despesque, que tú despesques, etc.

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