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Un, dos, tres...

Se acerca el pistoletazo (¿de salida?) para Hacienda, pero llegamos entrenados por el confinamiento

Un conspiranoico pensaría que el Gobierno afloja nuestro confinamiento justo para que el sabor de la nueva libertad nos disimule el regusto amargo del inminente pago a Hacienda. Soltar sin salir sería demasiado. Yo no lo creo, pero sí que ha sido una oportuna coincidencia.

Esta vez llego con un truco aprendido para anestesiar el trance fiscal. Mi casa, que, sin llegar a ser como la de Pablo Iglesias, ha sido un privilegio con jardín, se ha ido expandiendo mágicamente durante estas semanas. Hemos jugado a adjudicar a cada cuarto dos o tres o más usos distintos. Por ejemplo, el salón ha sido cuarto de estar, sala de cine, gimnasio telemático, comedor, oficina de coworking y discoteca. Hasta ahí nada muy distinto de lo que habrán hecho ustedes. Pero nosotros luego desdoblamos el plano hipotético de nuestra casa y sumábamos los metros cuadrados que se iban adquiriendo con cada nuevo uso.

El obispo Berkeley aprobaría nuestros diseños. Mientras estamos en la biblioteca no podemos estar en la mesa de las cartas, que no puede ser redacción del periódico, etc. ¿Qué importa que no atravesemos un pasillo para entrar de la cocina al estudio de pintura, sino que crucemos una galería mental? Con ese sistema, hemos superado enseguida los metros cuadrados de Iglesias y adquirido un palacio desplegable o un castillo, sí, en el aire, e incluso en el aire comprimido, pero de muchas moradas, tres acres y una vaca volando.

Un detalle me fastidiaba. El príncipe de Salina explica en El Gatopardo que, para que una casa sea buena de verdad, ha de tener habitaciones que sus dueños ni conozcan. Si no, psh. Lo comenté cariacontecido en la cena, porque ahora conocemos cada centímetro cúbico del hogar. Pero mi hija dio a bote pronto con una solución: "Como hay usos que ni imaginamos aún, tenemos infinitas habitaciones ignotas; y que se muera de pelusa Lampedusa".

Pero ¿qué tiene que ver esto con Hacienda?, preguntará el paciente lector. Pues que igual que nuestras grandes inversiones en propiedad imaginaria nos hicieron estar mucho más holgados, seguiré sumando metros a mi casa (sin IBI), riquezas interiores a mi alma (sin IRPF) y funciones a la fantasía (sin IVA), para pensar, cuando me llegue el palo tributario, que no soy esa clase media que soy, vapuleada como siempre, sino un potentado, ja, de los que dicen ellos en su propaganda política que van a pagar todo esto, como voy a hacerlo.

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