No sé cómo

En los juzgados de violencia de género se trabaja a destajo con el sobreesfuerzo de separar el grano de la paja

Anadie se le ocurre negar las muertes por accidente de tráfico ni por terrorismo ni por delitos violentos ni, por corrupción, que tan de moda está. A nadie se le ocurre tratar como verdugo a la víctima y desconfiar de ella. A nadie se le culpa si le roban por llevar la cartera en el bolsillo o por tener en dinero en la caja fuerte. En violencia de género la mujer es culpable. Culpable de querer a quien le hace daño, culpable de proteger a quien le agrede, culpable de consentir el maltrato por miedo o por proteger a los hijos pequeños, culpable de arrepentirse de haber denunciado. A estas alturas de la película y cuando, día sí y día también, aparece una mujer asesinada por su pareja o expareja en el telediario, todavía hay quien niega la violencia de género. Quieren vendernos que las mujeres, ay las mujeres, están llenando las cárceles de hombres maltratados por ser maltratadores cuando suyo ha sido siempre el poder y la gloria. Señor.

La violencia de género tiene rentabilidad electoral en su tratamiento. Unos porque dicen proteger a las víctimas y, otros, porque negando la realidad, ganan adeptos. Y es que nadie en su sano juicio quiere que exista la violencia de género, pero negarla, no nos salva de su masacre. Sería lo mismo que si para negar la enfermedad rengáramos de los hospitales. Santo Dios.

Hay tanta basura alrededor de la violencia de género, tanta literatura barata, tanta utilización, tanta demagogia, tanta mentira que cuando alguien se encuentra frente a una verdadera mujer maltratada encuentra el espejo de su desnudez, de su desvalimiento, de su desamparo. Las cifras denuncian que algo no se está haciendo bien o cuando menos que no es suficiente. Muchos actúan en defensa propia, en aplicación de un protocolo frío e impersonal que sirve para decir precisamente pasa algo, eso, que se cumplió con el protocolo.

En los juzgados de violencia de género se trabaja a destajo con el sobreesfuerzo de separar el grano de la paja. Pero es insuficiente y torpe cuanto se hace, o así lo siento yo.

Y entretanto la sociedad frivolizando, viviendo en silencio la realidad cuando ocurre como algo vergonzante, distraído en disquisiciones de lenguaje inclusivo y otras fruslerías mientras la muerte se asoma día tras día con nombre de mujer en los informativos. La solución no está en los juzgados ni en las leyes ni en negar la tozuda evidencia. Hay que enseñar amar sin hacernos daño. No sé cómo.

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