Si colocáramos en mitad de los ayuntamientos y del Congreso todos los ataúdes que se acumulan desde marzo, los gobernantes dejarían de avergonzarnos con una imagen tan deleznable, que nos hacen dudar hasta de la idea de vacunarnos del coronavirus. Nadie sabe cómo logran dormir a pierna suelta con tantos pájaros en la cabeza. Que el gobierno de Cádiz, con el PSOE de palmero, se empeñe en socavar la imagen de la Junta, cuestionando las limitaciones al comercio y la hostelería, es tan osado y mezquino como los intentos de los populares por hacer lo propio con el Gobierno de Sánchez, desde el primer día. "No tiene sentido cerrar a las seis, la medida es mala y no ofrece alternativas de ocio", sentenció la acalorada concejala de Comercio, Montemayor Mures, como si fuera una maestra del universo de la talla de Einstein y Hawking, y el virus no tuviera secretos para ella. Ni siquiera el PP estuvo a la altura con su hipócrita abstención. Es humano preguntarse por qué se obliga al comercio a cerrar a las seis y no las siete o las cinco, pero sólo a un político temerario hasta el perder se le ocurre responsabilizar al rival de las pérdidas, cuando nadie es capaz de controlar a este maldito virus. No queda otra que confiar en los técnicos. Y los gobernantes que se creen el oráculo de Delfos, lo único que logran es confundir y desestabilizar al personal, lo que no deja de ser una traición a la confianza depositada sobre ellos.

Si nuestros concejales quisieran mostrar su apoyo de verdad al comercio local, lo mejor que podrían hacer estos días es realizar sus compras navideñas sin salir de su ciudad. Hasta el puente no tendrán excusas para no hacerlo. Pero señalar al adversario, desde la demagogia, como culpable de la crisis, ante los comerciantes y los dueño de bares y restaurantes, no es más que escupir al cielo. Sólo tendrían que poner las luces largas para ver que la misma restricción, o parecida, ya existe en el resto del país y media Europa. Es más, la sensación es que nuestros dirigentes son tan limitados que sólo saben copiar lo que hacen sus vecinos para aplicar su receta en sus respectivos territorios. Aquí la diferencia estriba en que damos el cante con cada comunidad, cada provincia, haciendo la guerra por su cuenta, ante un Ejecutivo impasible que hace ver que puede pero que no quiere, salvo cuando toca hablar de vacunas.

Como si se tratara de un espectáculo y no un auténtico drama, nuestros representantes prefieren discutir hoy sobre la mejor armonía fiscal, antes que intentar acompasar, desde la unidad, las medidas para luchar contra el bicho, a lo largo y ancho del país. Unas comunidades cierran los bares a la misma hora que otras anuncian que los abren. Los alumnos pueden ir a clase en la universidad en unos territorios y en otros, con la tasa parecida, no. Hay tantas regiones que cierran sus fronteras como las que abren sus puertas de par en par.

Pedro Sánchez se acercó a un hospital por primera vez durante la pandemia este viernes, en Madrid, para conocer de cerca la Unidad de Investigación Clínica del Hospital La Paz, donde se llevan a cabo proyectos contra el Covid. Muy interesante, pero nada captó su atención. Si hubiese visitado las plantas de infecciosos, Urgencias y la UCI, de incógnito, habría conocido la realidad fondo. Y lo mismo tendrían que hacer desde el último concejal de pueblo hasta el líder de la oposición, para comprobar el daño que causa el virus y las condiciones en las que se lucha contra la enfermedad. Quizá sea ésta la única forma de que se les pegue a todos la lengua al paladar antes de usar la pandemia tan miserablemente. Y seguro que se ahorrarían los abucheos.

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