Nuestra Real Academia de la Lengua para sacudirse su parte rancia y aburrida, busca protagonismo cada cierto tiempo mediante la admisión en su diccionario de palabras vulgares para escándalo de los más puristas. Los que hablan mal, sacan pecho y se dicen a sí mismos y a los demás que la Academia les da la razón. Los que simplemente quieren que el idioma no se empobrezca, no entienden lo que pasa. La Academia se ha convertido en un reflejo institucionalizado de la pobreza expresiva de la sociedad, de su espíritu mediocre, de su falta de amor a la lengua.

Mi sobrino Tomás, cuando tenía ocho años, al ver mi respingo porque había dicho artobús me respondió muy convencido en tono académico "pues en mi pueblo se dice artobus". Bueno, le dije yo, en tu pueblo y fuera de tu pueblo, lo dirá la gente que no sabe hablar. Estoy convencida de que, en poco tiempo, artobus lo aceptará también la Real Academia junto con amoto, arradio, Grabiel y demás lindezas. ¿Por qué no?

Necesitan recurrir a forzados argumentos: que si viene del latín (como si el latín les importara algo), que si está extendido su uso, o aquello tan manido de que la lengua española está viva. Tan viva que la maltratan dándole patadas en las espinillas como si la pobre no estuviese ya lo suficientemente vapuleada.

No soy quien para decir lo que está bien dicho y lo que no, como tampoco lo es la Real Academia, por más que en su vasto diccionario oficialice determinados usos incorrectos de algunas palabras o haga oídos sordos a lo que no quiere reconocer o utilice definiciones pobres. Y es que, regular el idioma, es ponerle puertas al campo por mucha solemnidad que se le quiera dar a la cuestión. Las palabras no nacen o mueren por decreto pero se las puede maltratar sin que puedan defenderse. Maleducar es la mayor muestra de clasismo porque es lo que más desigualdad genera.

Por rebeldía dejé de consultar hace años el diccionario oficial de la Academia y sólo utilizo por su amor, curiosidad y entrega, el de María Moliner, conocida como "la apasionada de las palabras". Como no puede ser de otra manera, la rechazaron en la Real Academia de la Lengua. Un diccionario de uso del español que, como dice en su prólogo, "se moderniza, crece y se perfecciona, pero siempre sin perder su fuerte personalidad y sus virtudes originales. Repite, pues, el milagro de ser nuevo y ser el mismo". Ojalá lo consultaran los académicos.

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