Hemos de aprender de los mayores para honrar su legado. Pese a que el virus se ceba con ellos, no emiten una queja. No necesitan a nadie recordándoles que serán los últimos en pisar la UCI, en situación límite, porque son los primeros en ceder las camas. Tras padecer una guerra y tanta hambruna, en mitad de la represión, conocen mejor que nadie la condición humana. Y por lo vivido, como si tal cosa, muchos ancianos, ante los primeros síntomas del virus, dicen encontrarse bien y aguantan lo indecible, antes de acudir al hospital. Intentan superar la angustia aislados en casa o confinados en cualquier residencia. Y ahora que los sentimos desamparados y sin poder verlos, lamentamos que nunca tengamos tiempo para ellos: "Te dejo, que voy por los niños, a ver si mañana paso a verte...". Vivimos tan a prisa, que no apreciamos lo que tenemos, mientras nuestros mayores cuidan de nuestros hijos. Ellos sí valoran lo importante, porque derechos tan fundamentales como la libertad los conquistaron dando lo mejor de sí mismos. Quizá su único error fue el mismo que cometemos con nuestros niños: no enseñarles que nada es gratis.

Hoy, cuanto más avanza la sociedad, más nos alejamos de los mayores. Y ellos, para no ser una carga en casa, cuando las fuerzas les abandonan, se resisten a abandonar su hogar. Tampoco les insistimos como antes, hay que admitirlo: a veces los dejamos atrás. No pocos acaban en una residencia, en el mejor de los casos, pensando en ese clásico flamenco: "Ya yo no soy quien era, ni quien debía yo de ser, soy un mueble de tristeza...". Abandonados a su suerte -no todos, por supuesto, pero sí en demasiados casos- apenas nos preocupamos de su día a día, cómo viven, qué comen. Lo importante es que no den problemas. Con eso vale para calmar las conciencias narcotizadas por las pantallas. Y ellos, sin torcer el gesto, nos retratan dándolo todo con una sonrisa.

La crisis sanitaria también ha desnudado a este país de pandereta, con cada región haciendo la guerra por su cuenta. A su triste presidente hay que rogarle que acorte los discursos hablando al vacío con la mirada perdida y el brillo en los ojos. Definitivamente no es la alegría de la huerta, por lo que más que confianza, inspira desazón. Ni Matías Prats podría leer media hora a través del teleprónter sin perderse. Y Pedro Sánchez, al alargarse tanto, lastimosamente, entra en bucle: lamentable. La oposición no puede limitarse a airear su espanto ante los errores cometidos, sin arrimar el hombro. Está tan perdida, que ni siquiera secundó al Gobierno en su pulso con esos líderes tan mezquinos de Alemania y Holanda, que repiten que los españoles nos lo gastamos todo en vino y por tanto merecemos lo peor. Por cierto, que los presuntos patriotas sí censuran a holandeses y alemanes y luego se hacen los suecos ante la idea de compartir recursos con regiones desbordadas como Madrid o Cataluña, no vaya a ser que hagan falta. La Junta, por su parte, sufre una crisis bipolar aguda: un día desliza que no tenemos medios por culpa del inepto Ministerio de Sanidad, y al siguiente proclama que somos los mejores. Todos olvidan que la bronca política repele. Y más cuando el elevado número de muertos en un país tan pequeño habla por sí solo. Todos los dirigentes han de mirarse en los mayores: ayudar sin esperar nada a cambio, entregarse sin quejarse, cuidar del personal como si fuesen sus hijos. Y sin olvidar que la familia viene dada, a ellos los elegimos cada cuatro años.

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