Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Anomalía democrática

HAY que reconocer que las elecciones primarias son una anomalía democrática en aquellas asociaciones que se gobiernan por un régimen jerárquico más o menos absolutista. Es como si la Iglesia convocara consultas populares para elegir a los monaguillos o a los sacristanes. Sería su ruina, pues más temprano que tarde calaría la idea de la elección directa y los fieles no tardarían en exigir urnas para la Conferencia Episcopal. Las brechas democráticas en las instituciones más o menos cerradas sólo pueden traer perjuicios para sus inconmovibles (y omnímodas) estructuras y, por extensión, para sus líderes, acostumbrados al poder dogmático.

Eso es lo que ha ocurrido en el PSOE de Madrid. La falta de costumbre en la elección popular de candidatos ha terminado por socavar la autoridad de Zapatero. Por eso el PP jamás someterá a la opinión de sus militantes los nombres de los candidatos. Se impondrán con mano firme y nadie rechistará. Si en el partido de Rajoy ya salta la sangre al río sin mediar un enfrentamiento franco para elegir a los candidatos, ¿qué ocurriría si se plantearan primarias para elegir al postulante, por ejemplo, para los puestos de salida de Madrid? ¿Y si nos fuéramos a Valencia?

Entre los analistas hay acuerdo en que en Madrid ha ganado Tomás Gómez y ha perdido Zapatero y, en un sentido menos estridente, Trinidad Jiménez. Si en el PSOE, o en cualquier otro partido, hubiera hábitos fluidamente asamblearios unas primarias serían pan comido. Pero como no es así cualquier victoria parcial abre en el casco blindado del buque una vía de agua que acaba por anegar, o al menos empapar, los poderes jerárquicos.

A la vista de los distintos análisis, nadie tiene intención de enjuiciar la victoria de Gómez como "la victoria de Gómez". Las circunstancias actuales no son las mejores para los análisis simplistas o tautológicos. Y la debilidad de Zapatero invita a golpearlo en la cara de cualquiera. Nadie va a tener la paciencia de esperar a las elecciones a la Comunidad de Madrid y comprobar si, efectivamente, Zapatero acertó al apostar por Jiménez como la única candidata capaz de doblegar a Esperanza Aguirre. Y tampoco va a aliviar el dictamen contra el secretario general el hecho de que Gómez, unas horas después de su victoria por poco menos de 600 votos, invitara cortésmente a su contendiente a sumarse a su candidatura.

Ni los partidos tienen hábitos de partipación ni nos interesa que los tengan. O, mejor dicho, nos interesa que los ensayen para asistir al excitante espectáculo de la ruina o del desmoche. Si además es Zapatero el que sale malparado no hace falta buscar voluntarios para el pelotón de fusilamiento.

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