Tribuna libre

Antonio Llaves Villanueva

Aniversario del Padre José Vizo

Tarde era de Jueves Santo;/tarde triste y amarilla,/llena de miedo y de llanto,/cuando van por Mirandilla,/las mujeres con mantilla/y los obispos a pie… J.M.P.

…ha pasado un año y también una nueva Semana Santa. Ha pasado un año y estamos con la misma liturgia cuaresmal que conocimos. Pero ha pasado un año y no hemos encontrado al amigo fiel y agradecido que se fue para siempre; sacerdote, ungido para evangelizar a los pobres y sacerdote servidor con una vida pastoral activa que entregaba su alma a Dios la tarde de Jueves Santo en la Santa Iglesia Catedral.

Había preparado todo lo necesario para comenzar la vigilia pascual y se había puesto a esperar la hora exacta; como buen liturgista estaba todo hecho y tan sólo la espera de la hora prevista no llegó a tiempo porque ese sacerdote no preveía que la hora era la misma que su llamada por Dios nuestro Señor para que el mundo cristiano creyera en la Resurrección en unión a sus hermanos en la vida sacerdotal.

Los que hemos conocido al padre José Vizo Mendes hemos llorado esta fecha, porque el padre Vizo daba un servicio a la Iglesia y fue un sacerdote en vida aplicándole el calificativo de hermano en la fe, perdonador de todos los pecados y ejemplar cristiano amante de sus tradiciones.

Cuando fue ordenado sacerdote lo destinaron a la parroquia de San Antonio de Cádiz y de allí fue a Los Barrios como párroco y desde ese pueblo gibraltareño pasó como Arciprestre a Vejer de la Frontera, de donde vino a Cádiz después de muchos años y el testimonio personal lo recuerda por muchos años acá.

Estuve a su lado. ¡Quién me hubiera dicho a mí que era la última procesión que contemplaba de El Nazareno blanco que presidía la entrada catedralicia! Estuvimos hablando de la devoción popular y de las vivencias cofrades pero su pulso era recio y su estado de buena salud reflejaba su ambiente y su cara.

Lo había preparado todo. Su intención era celebrar junto al Obispo de la Diócesis los oficios de Jueves Santo pero se encontró que Dios lo llamaba, y para ello se marchó con sorpresa porque allá en el cielo los preparativos destacaron que la conmemoración era la cena del Señor.

El silencio, su virtud, marcaba el esfuerzo al saber que rezándole al Nazareno del Amor le pedía que le ayudara en las horas difíciles de una buena muerte.

Y, a cambio de este alma llena/de amor que vengo a ofrecerte,/dame una vida serena/y una muerte santa y buena…/ ¡Cristo de la buena muerte!. J.M.P.

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