EL ALAMBIQUE

José / María / Morillo

Ángel Guarda

REBUSCABA estos días entre los personajes de la historia reciente de El Puerto, intentando recordar alguno que me hubiera impresionado en mi niñez o adolescencia. Y de pronto me vino a la mente cierto jorobado al que veía pasar por delante de la puerta de mi casa en la calle de San Juan todos los días sobre las quince horas. Iba dos o tres metros por detrás de un chavalillo que caminaba ensimismado en sus cosas. En la esquina de la calle de la Zarza, donde hoy hay una farmacia y entonces estaba un bar, un grupo de golfillos, sistemáticamente, todas las tardes y a su paso, se metían con el jorobado. A mi la situación me producía sensaciones alternativas: rabia, pena, tristeza. Y sobre todo, observar la cara de indiferencia del hombre que, con la mirada obligadamente puesta en el suelo, escuchaba en silencio las descalificaciones y mofas que le prodigaban la pandilla. Lo mismo el pequeño que le precedía, ajeno al cachondeíto diario de los golfetes. Como ya se ha dicho, la historia era repetida en su recorrido, befas de la chiquillería e ignorancia por parte del hombre de la chepa. Pero una tarde, se acercaba ya el verano y caminaban éstos por la acera de los números impares, a la sombrita. Esta vez la ruidosa chavalería la tomó con el pequeño que, al sortear uno de los baches del acerado, cayó con estrépito a la calzada. El autobús de línea de color azul, el primero de aquellos autobuses urbanos de los años sesenta del siglo pasado que subía acelerado, a punto estuvo de atropellarlo a no ser por el jorobado. De pronto dejó de serlo: se enderezó, se quitó la chaqueta y desplegó unas blancas alas que eran las que formaban la joroba, emprendiendo un a modo de vuelo rasante que le permitió rescatar casi debajo de las ruedas al pequeño caído y depositarlo de nuevo en la acera. En aquel momento vi como el miedo en la cara del Ángel de la Guarda se trocó en sonrisa y desaparecieron de mi vista, ocultados por el autobús. Los golfillos al otro lado, se perdieron la escena. Ya nunca más volvieron, ni el jorobado ni el niño por la calle San Juan, pero yo los recuerdo. No es cierto que todo sea incierto.

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