EL dato del paro en el mes de septiembre en la provincia de Cádiz ha sido el peor que se recuerda en la historia reciente. Nunca hasta ahora, desde que existen las estadísticas oficiales, se había incrementado tanto el desempleo en un solo mes. La provincia es la que más sube en el conjunto de Andalucía y esta comunidad autónoma es la que más crece en paro en España. Si tenemos en cuenta que España se sitúa a la cabeza del desempleo en la Unión Europea, recurriendo por desgracia a un viejo dicho podríamos concluir que en la provincia de Cádiz somos los líderes del paro en el continente. Dejando las cuestiones de dudoso honor a un lado, no cabe duda de que las cifras han dejado de ser preocupantes para entrar en el peligroso terreno de lo alarmante. Que una provincia como la de Cádiz, en la que el sector turístico es una base fundamental para el empleo, haya contabilizado una media de 300 parados más cada día el pasado verano, es algo desastroso. La temporada turística, a pesar de su no solucionada temporalidad, solía maquillar al menos las cifras del paro en la provincia. Pero ya ni eso. La crisis se ha dejado notar, y de qué forma, en el turismo y la factura que ha pasado no parece encajar mucho con los datos supuestamente satisfactorios que han venido lanzando algunos agentes del sector. Es en estos momentos cuando más se echan en falta proyectos que ya debían estar en marcha o, al menos, en fase de desarrollo, como sucede con las empresas que deben aterrizar en la Bahía tras la marcha de Delphi o el polígono de Las Aletas, sumido desde hace mucho tiempo en una maraña jurídico-burocrática. Se acaban los argumentos y sorprende, por no decir entristece, que ayer mismo, tras publicarse los datos del paro del mes de septiembre, los representantes públicos estuviesen mucho más enfrascados en sus cuitas internas a nivel de partido que en dar la cara ante unas cifras catastróficas, aunque sólo fuese para hacer el papel. Pero eso es lo grave, que ya ni se habla ni se comentan terribles datos, como si nos hubiésemos acostumbrado o resignado a recibirlos. Ese es el peor síntoma.

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