Durante los primeros días de la Revolución Rusa, un grupo de soldados y obreros se presentó en el palacio del Conde Sheremetiev, en San Petersburgo. Los revolucionarios querían armas. El anciano conde abrió las puertas del palacio. "¿Armas? ¿Quieren ustedes armas? Vengan conmigo, caballeros, hagan el favor". El conde llevó a los obreros y soldados -que porque jamás habían visto el lujoso interior de un palacio- a su armería privada en uno de los pisos superiores. "Aquí tienen, caballeros, mi colección de armas del siglo XVI. Sírvanse coger lo que prefieran: picas, alabardas, sables, cimitarras… Elijan lo que gusten. Todo está a su disposición".

Cuando escribo esto, no sé cómo han quedado las elecciones de ayer en la Comunidad de Madrid. Pero tengo la sensación de que estas elecciones -que parecen tener un carácter casi plebiscitario sobre la gestión de Pedro Sánchez-- reflejan un alejamiento tan prodigioso de la realidad como el que vivía el decrépito conde Sheremetiev en los primeros días de la Revolución Rusa. Los partidos -y en especial Pablo Iglesias- han planteado la campaña de una forma tan histérica y desorbitada -"Por una democracia antifascista"- que han arrastrado a todos los demás partidos a un debate absolutamente ridículo sobre cuestiones que no tienen nada que ver con lo que ocurre en la calle. Estamos viviendo unas circunstancias terribles, con una enorme caída de la actividad económica por culpa de la pandemia y con millones de personas condenadas a malvivir sin trabajo o con un trabajo precario. Y eso por no hablar del altísimo paro juvenil o de los problemas educativos o de la quiebra casi inminente de la Seguridad Social. Vivimos de los 140.000 millones de euros que nos va a mandar Europa -si los manda- y que nadie sabe aún a qué se van a destinar ni cómo se van a distribuir (el Gobierno de Sánchez se ha especializado en ocultar todas las decisiones importantes). Pero nada de eso importa y en Madrid se vota "comunismo o libertad" y "democracia contra fascismo". Dicho en términos del simpático conde Sheremetiev, "alabardas o cimitarras". Portentoso.

El conde Sheremetiev, por cierto, murió exiliado en París y recluido en un asilo para pobres. Si nuestra clase política sigue viviendo en las nubes, es fácil saber cuál es el desino que nos espera dentro de muy poco.

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