La esquina del gordo

Paco / Carrillo

Adiós a las gambas

Sí, ya sé, Adiós a las armas es la novela que consagró a Hemingway, pero esto de hoy no tiene nada que ver con aquél éxito literario, sino con la que nos han liado en algo tan trascendente como comer gambas, o langostinos, caso que usted no tenga un proveedor habitual de confianza. Si lo tiene, no digo nada, pero si anda a la cuarta pregunta comprando en los supermercados quisiera avisarle de la puñalada social que está cometiendo: la mayoría de ese marisco que tiene al alcance de la mano (es un decir), conlleva una sobreexplotación humana en países como Vietnam, Myanmar, Tailandia, India o Indonesia, entre otros, que no tenían bastante con la esclavitud de confeccionar ropa que después será vendida en almacenes de alto copete, sino que con las gambas y langostinos los hunden cada vez más en la pobreza.

La procedencia masiva de ese marisco viene de esos países o de las flotas congeladoras industriales del Atlántico sur, el Índico y el Pacífico, también de las industrias acuícolas que, según datos de la FAO, el 99% de su producción tiene lugar en países en vías de desarrollo, como queda dicho. ¡Un contradió!

Por mucho que usted presuma ante sus vecinos tirando al contenedor cajas de gambas y langostinos congelados, piense que, para más inri, casi todas han de cumplir una serie de certificados sanitarios y a pasar por controles en los puestos fronterizos; no está nada claro que estos hayan sido todo lo exhaustivos que debieran. Así, por ejemplo, se han llegado a detectar elevadas dosis de antibióticos como el cloranfenicol, usado para acelerar la producción animal -prohibido en la UE desde 1994-, y varios tipos de nitrofuranos, un medicamento veterinario también prohibido por su posible relación con el incremento del cáncer de piel. ¿Es para andar tranquilos y satisfechos?

Se lo comento a mi amiga la condesa y me contesta: "Todo es consecuencia de la globalización". No tengo más remedio que darle la razón. Antes, cuando entonces, hasta los pobres -muy de tarde en tarde-, podían permitirse el lujo de comer langostinos auténticos si vivían próximos a donde se pescaban, ya fuera en Sanlúcar o en Vinaroz, (los de finales de agosto y septiembre, pequeñitos, de Chiclana tampoco eran de despreciar), lo mismo que si vivía en La Garrucha o alrededores, con la inigualable gamba roja, o blancas, si en Huelva, igual que los habitantes de la Bahía de Cádiz comían cañaíllas, camarones del porreo o bocas de La Isla legítimas, especies por desgracia desaparecidas para siempre; ahora, ya se sabe que las cañaíllas, en el mejor de los casos, son italianas, los camarones normalmente vienen de Egipto y las bocas de Marruecos, que no es que estén mal, pero cuando la globalización lo socializa todo, termina uno comiendo hasta langostas del Caribe o de Canadá.

Se veía venir. La cosa empezó por el norte cuando los bígaros a pelú dejaron de ser de El Grove, los percebes de la Costa de la Muerte, las angulas de Aguinaga, los centollos de las Rías… para qué seguir amargándonos la vida con lo que hemos perdido.

Quédese con el peligro de los antibióticos nocivos para la salud y que con el adiós a las gambas, ¡se ha dicho adiós a tantas cosas….!

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