Aveces me despierto a las cinco de la mañana más sudoroso que un pollo en su vuelta número 314 en un asador. Las pesadillas son algo habitual en mi vida. La almohada es testigo. La última fue que se me caía encima mientras estaba almorzando carne en tomate una estantería "Kallax" del Ikea. Era de las de color crudito, porque eso sí, mis sueños están muy bien ambientados. En la siguiente secuencia de la pesadilla lloraba amargamente porque con el impacto se me había roto una foto del General Rosety en tanga de camuflaje que tenía puesta en la mesita. Los sueños son así, inconexos, terroríficos.

Pero las pesadillas tienen su razón. Llevo años preguntándome por qué no disfruto cuando voy a los Ikeas y a los Leroysmerlines. Mi primo Chano anuncia sus visitas a estas catedrales del atornillado días antes a través de su "uasa" y se emociona cuando ve el surtido de lavabos. El otro día casi aplaude cuando el encargado de la sección de tornillería y tapajuntas le detallaba los tipos de espiches que tienen disponibles, una emoción que a mi sólo me surge cuando leo la lista de tapas de Casa Paco Ceballos en El Puerto.

Por las noches, cuando las luces se apagan, le pregunto a la Virgen del Carmen por qué a mí no me otorgó esa dicha, la de disfrutar en estos templos del Bricolaje. El otro día, en una de mis visitas masoquistas a este sitio, en busca de una cortinas para el dormitorio chico, comprendí por fin por qué me ocurre esto… no voy aclimatado.

Observé que a mi alrededor todo el mundo iba en chándal, como preparado y predispuesto para coger en cualquier momento el taladro y hacerle boquetes hasta a unas medias noches rellenas de jamón yó y queso. Vi incluso cómo una pareja, perfectamente conjuntada, llevaba unos chándales como de camuflaje del ejército de Tierra, lo que los hacía prácticamente invisibles en la atractiva sección de azulejos y cerámica de pared. Se les veía cara de felicidad. Fantaseaban con como quedarían unas cortinas de vichy en la habitación del niño chico y él lo medía todo con una cinta métrica con la misma pasión con que un gallego te llena un cartucho de chocos.

He tomado medidas. No quiero que me vuelva a ocurrir. Quiero disfrutar del placer de montar una "Kallax" en mi salón para ser igual que todos los mortales. No quiero llevar más dentro de mí esta desgracia. He ido al "Primark", otro de los templos del chandalismo y me he comprado una especie de esquijama como de tortuga Ninja. Me lo he comprado ceñidito, para que resalte mi desarrollado abdomen y mis muslos de levantador de lomo en manteca. Ya tengo ganas de que llegue el sábado para acudir después del almuerzo a comprar un armario. Ya te contaré, la emoción me embarga, más que cuando vi a Rosety en tanga.

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