Presos del teléfono móvil, cautivos de las plataformas televisivas y de sus irrechazables ofertas deportivas, esclavos de megas y gigas para gastar los datos móviles hasta el infinito y más allá, enganchados al poderoso influjo del wifi doméstico. Así nos tiene esta revolucionada sociedad digital, prisioneros por tanto de las empresas encargadas de suministrar estos servicios que la modernidad exige para ser algo en el mundo cotidiano y que burlan con milimetrada precisión las más elementales cláusulas que les obligan a ser honestos con sus clientes. Se llamen como se llamen, estas empresas se han convertido en una máquina de quedarse con la gente. Contactar con ellas a través del teléfono es un calvario agotador, cambiar las condiciones de un contrato es una quimera; pero que ellos suban las tarifas y ofrezcan servicios que no pide ni necesita el cliente es la práctica habitual de estos maestros del abuso 2.0.

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