Balas de plata

La vuelta al cole

Llega septiembre y todos pasamos en fila india por los mismos charcos, tropezamos en los mismos boquetes y admiramos los mismos escaparates. Da igual el colegio, todo está ya escrito

Septiembre. El verano agonizaba con días cada vez más cortos y fríos, y mi madre nos mandaba antes a la cama para que nos fuéramos acostumbrando al horario escolar. Era una mezcla de ilusión y disgusto. Al día siguiente veríamos a nuestros amigos y podríamos contarnos todas las hazañas y fechorías que habíamos hecho en los meses anteriores. Pero por otro lado volvían los profesores severos, la tortura de la pizarra, los niños abusones, los exámenes difíciles y el rapto del tiempo para hacer lo que a cada uno más le gustaba, en mi caso, leer. Pero al mismo tiempo teníamos esos libros y cuadernos grandes, oliendo a nuevo, con sus forros de plástico segados milimétricamente, y las gomas sin morder, los bolígrafos con capuchón y nuestro nombre y apellidos en la página 1, en la 11 y en la 111.

No echo en falta esos días, para mí aciagos. Tampoco los del instituto. Siempre he preferido estudiar por interés que por necesidad. Aún guardo para mí amigos de la infancia, inmarcesibles e imperecederos, como el inefable Guzmán, o Juanito Menacho, o qué sé yo. Gente que aparece en las fotos de mi viaje de fin de curso a Italia o en las primeras diapositivas de mi equipo de basket. Siempre estuvieron allí, ellos y muchos otros. Septiembre los trajo y junio no me los robó.

Veo hoy a mis propios hijos preparando sus cosas, cuadernos, libros y mascarillas. Afrontan cursos de Secundaria ya. Cómo pasa el tiempo, ya saben. Llegan los madrugones, la ilusión y el disgusto. La vieja amiga que vuelve a caer en tu clase, por ejemplo, o el profesor duro que quiere esquivar cada generación. Y la retirada del móvil (hasta el finde) y la consola (hasta navidades), y las extraescolares, y los exámenes estudiados hasta el anochecer. Uno siempre trata de verse reflejado en sus vástagos, aunque es probable que ello sea un error de amor propio. Cada uno lleva su camino. Nos duelen nuestros hijos, claro está. El daño que les hagan explota en tu vientre y anega el corazón. Lo decían también nuestros padres: a mí que me hagan lo que quieran, pero que no toquen a mi hijo.

Al final es una letanía, un patrón que el destino viene siguiendo desde siempre. Llega septiembre y todos pasamos en fila india por los mismos charcos, tropezamos en los mismos boquetes y admiramos los mismos escaparates. Da igual el colegio, todo está ya escrito. Septiembre desprende una magia triste, como de bruja del Oeste huérfana de trucos. Es verano, pero no lo es. Hace calor, pero también refresca. Las playas burbujean pero, en las aulas, las ventanas se abren para espantar miedos, riesgos y virus. Pasan los años pero nada cambia. 16 de septiembre, la vuelta al cole.

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