Análisis

milA alarcón

La virtud de no dar

Pleno mes de julio en la ciudad. Decido desayunar en la terraza de un bar en la calle Misericordia. Reconozco que una mesita en la calle es mi perdición. Mientras espero, leo el periódico. Aún no he llegado ni a la segunda línea cuando un hombre se acerca a venderme ceniceros. Me limito a rechazarlos y sigo leyendo. Al poco tiempo pasa por allí un conocido. Mientras nos saludamos, otro caballero se pone a nuestro lado y toca la guitarra. Cuando termina la rumba, el músico nos tiende la mano pidiendo dinero. Educadamente volvemos a negar. Mi conocido se va y regreso a la mesa con la idea de acabar el artículo. Imposible. Aún no he encontrado la página cuando otro caballero con un águila Harris en el brazo se acerca. Me quedo mirándole extrañada mientras me cuenta que esas aves son muy bonitas y muy caras. "¿Tú no tendrás algo suelto para el veterinario?". En ese momento miro a mi alrededor buscando una cámara oculta; pero veo que no, que se trata de una situación real. Consigo reponerme y, aunque mi primera intención pasa por sugerirle que se compre un canario -que son mucho más baratos- me limito a seguir negando con la cabeza. Comienzo a impacientarme. El desayuno está tardando. La siguiente en acercarse es una mujer vendiendo sábanas, a la que también le digo que no quiero comprar nada. En ese mismo momento llega la tostada -¡aleluya!-y la señora, insistente a más no poder, empieza a echarme en cara que ella tiene cuatro nietos a los que también les gusta el jamón. Acabo rápido el desayuno y me voy.

Desde ese día dos preguntas me rondan la cabeza: ¿qué imagen de la ciudad se estarán llevando los turistas?¿cuánto de desamparados se siente los hosteleros?. Por el momento el tema de la mendicidad , regulado en la Ordenanza de Convivencia, está al descubierto en la ciudad. La anterior, aprobada en 2012, fue derogada el año pasado. Uno de los motivos esgrimidos, según Rocío Luque, era que dicha normativa "invisibilizaba los problemas, como si determinadas realidades no existieran". En este punto quizás los portuenses ya hayamos sido testigos de demasiada realidad. Quizás el remedio no sea derogar una norma y dejar los temas en el aire, sino buscar verdaderas soluciones a los problemas. Yo, por el momento, prefiero sentarme dentro.

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