Análisis

Tacho Rufino

El vértigo,de pronto

Los estados actúan de forma reactiva y atribulada, y la Unión Europea afronta su primer gran reto de supervivenciaLa velocidad y complejidad del cambio golpean al futuro; no cabe sino pelear

En el análisis de los entornos económicos y empresariales, suele decirse que la peor combinación, o sea, el entorno de mayor incertidumbre y más difícil de gestionar, es aquel en el que la complejidad de sus factores es alta y su velocidad de cambio es también alta: un contexto con rápidas mutaciones y difícil de entender es incierto, peligroso… aunque ofrece también oportunidades a quien lo sobrevive. Si en alguna ocasión de la historia de los vivos las noticias han sido fugaces, y muchas veces desenfocadas, es ahora. Causa cierto embarazo leer lo que escribimos hace apenas varias jornadas. Qué de despistes, qué de errados augurios, cuánto rábano por las hojas y cuánto foco estrecho. Debemos a pesar de todo ser indulgentes con nosotros mismos y con los demás: lo que nos está sucediendo no tiene precedentes. Hace un par que días -un siglo- oí en la radio a un alto representante diplomático español que declaraba haberse "quitado de en medio" hace varias semanas, y lo decía en el sentido de cesar en su cargo y aislarse, más de un mes antes de que a Italia y a España empezaran a trasladarse desde China los contagios y muertes por el Covid-19. Esta persona, que no pongo en pie, tenía claro mucho antes de que dejáramos de tomarnos la cosa como un "mal resfriado" que si cinco de millones de chinos habían "tomado vacaciones" en Wuhan, algo gravísimo estaba pasando. Mientras, aquí estábamos naneando, y cuando digo aquí digo también en Estados Unidos o en el Reino Unido, donde, según parece, se habían enterado de la misa la mitad, y daban -dábamos- palos de ciego. En fin, y esto no es nuevo, ahora son frecuentes los "yo ya lo dije" de los sabios. Sabios a posteriori.

La compasión por la muerte de otros va por barrios, y más que compasión es temor por lo propio; la solidaridad y el cumplimiento de las normas de confinamiento también son algo que transita entre el compromiso comunitario y el miedo, que siempre es personal aunque se convierta en colectivo. Cabe decir otro tanto de la economía: no sabemos cómo interpretar ni juzgar las medidas que han ido anunciando en cascada y como en un puzle el Gobierno central, los autonómicos y la Unión Europea o, mejor dicho, el BCE. Se trata de una intervención pública de la economía, como es el caso de los 200.000 millones que Sánchez ha anunciado que va a "movilizar", que no es lo mismo que invertir o gastar. De hecho, esa cifra, que incluye esfuerzos de la empresa privada que también son inciertos, sería inviable como dotación presupuestaria extra: un 16% del PIB es algo irracional de un día para otro sin maquinita de hacer dinero, que no la hay salvo en Francfort. Se trata de ayudas, exenciones, avales del ICO; también, sí, de déficit extra. Si este keynesianismo pandémico -permitan la liberalidad técnica- dará frutos diferidos, es asimismo incierto. Todo depende del tiempo en que la crisis del coronavirus persista, y no sólo en un país concreto. La globalización nos golpea duramente, igual que golpea como bumerán el dudoso maná del turismo o los proyectos multinacionales (miren cómo se anticipó Airbus echando a gente en la periferia, Andalucía; y quién sabe de pronto qué será de este consorcio). Quién sabe tampoco, en fin, qué distópicos prodigios veremos en las próximas semanas. Hay, cómo no, quien no ceja en su erre que erre ideológico y fatalmente liberal: hoy mismo hemos leído a algún pope antipúblico sugerir que es el momento de que los Estados eliminen los impuestos. Se dice del mal periodismo aquello de "que la realidad no te quite un buen titular". En un entorno incierto al máximo, por dinámico y complejo en exceso, cabría dar una buena colleja a más de uno.

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