Análisis

Juan CArlos Rodríguez

La vendimia de nuestros padres

Esas vendimias de los cincuenta, y también de los sesenta, en los que, además, había que ir con la recua"

Corre ya la uva en los lagares. En la viña la abubilla ha anunciado la buena vendimia. Esa "alegre vendimia" a la que le cantó Rubén Darío. La alegría en Chiclana -o al menos, en mi casa- quizá venía después, con los jornales y el pago de la uva, cuando se saldaban las cuentas del ultramarino, del refino y hasta de la tienda de muebles. Durante la vendimia, nunca había alegría, sino tensión, más bien angustia. Porque era entonces cuando el viñista, el viticultor, el chiclanero, se jugaba el pan -y el vino- de todo el año.

Ya septiembre no es aquel mes de "pascualis" con remolques ahítos de uva palomina, moscatel y rey en busca de las innumerables bodegas. No es aquel mes en el que la vendimia, ante todo, se olía, con el mosto impregnando las calles y las casapuertas. Ya Chiclana no es aquella ciudad que permanece en la memoria donde, puestos a recordar, casi todos los que la rememoran hace cincuenta, cuarenta, hasta treinta años, tienen un relato que contar de niño subiéndose a un remolque por un gajo de uva.

Pero otros niños -otros muchos, muchos más- no tienen ese recuerdo, no necesitaban esa uva porque la tenían en casa. Ellos mismos la habían vendimiado. Ellos mismos habían amanecido en la viña y cogido un liño abajo, con la navaja en la mano y una carretá de uva por delante. Y cuidado con perder pié, que había que ir al paso. O intentarlo. Porque ahí mismo iba tu hermano, iba tu madre, iban tus hermanas. Y si hacía falta también tus primos. Cuántas viñas -y aún si es necesario- han vendimiado familias chiclaneras de sol a sol. Cuánta dureza. Y aún había que repasar…

Y ante todo ahí, cortando uva por dos o por tres, iba -va- todavía mi padre. Como ha hecho siempre, desde que con diez, once años, comenzó a trabajar en las viñas, que su padre heredó de sus padres, y este también del suyo. Eran esos años cincuenta en los que la viña, el vino, el campo, eran el único sustento económico de la ciudad. Mañanas a jornal donde hiciera falta y tardes entre la albariza de la Pedrera Blanca o los barros del Llano de las Maravillas, las viñas familiares, que no había otra. Y nadie iba a podar, a amarrar, a castrar, a binar, a azufrar, a "sulfatá" y, menos aún, a vendimiar, por ti. Y aún así no había cepas más espléndidas.

Esas vendimias de los cincuenta, y también los sesenta, en los que, además, había que ir con la recua. A donde te pagaran. Con los mulos y los burros, que con los cerones de cinco bestias se hacía una carretá, eso 714 kilos que contamos. Y si era en los Llanos un día solo daba para dos, nunca tres, viajes porque la cooperativa de San Juan Bautista aún estaba en la cuesta del Matadero, y de la que mi abuelo Juan Rodríguez Baizán, fue uno de los fundadores. Y con las recuas también ibas a casa, porque allí mismo tenías el corral.

Lo que hoy es Chiclana -y lo que llegue a ser- lo es por esos viñistas, por esos hombres del campo, que crecieron entre las cepas, que se hicieron adultos en los liños, que vieron en la viña corretear a sus hijos, que tuvieron que ejercer otras profesiones porque el campo no daba más, que se han jubilado pero ahí siguen día a día, sin falta, yendo a cada mañana a la labor, que en la viña nunca se descansa. Y nunca se quejan, ni se resienten.

Y no dejan de estar ahí: pendientes, angustiados, a la vez felices, de seguir en la uva, con el mosto, haciendo vino, consagrando la tradición.

Hoy no será Chiclana ciudad vitivinícola como lo fue hasta ayer, pero todavía hay quienes, como mi padre, continúan entre los liños, atento a si llueve, si el poniente, si el rocío, si cuidado con el "polvillo", si a ver si viene una levantera. Orgullosos de esas cepas cargadas de los enormes gajos de palomino, óptimas de acidez por la lluvia de inviernos, en sus grados baumé justos y necesarios para transformarse en mosto, en sobretabla, en fino, abanderado de Chiclana.

Cada septiembre -y este no lo he querido dejarlo pasar- tengo la misma sensación de que este es un legado que desaparecerá cuando esta generación de viñistas sabios y pacientes, de hombres tan duros como incansables, que llevan toda su vida de setenta, ochenta años, apegados a la cepa ya no esté entre nosotros.

Y que ni los hijos, ni los chiclaneros, más o menos jóvenes, en general, hemos agradecido, reconocido, celebrado lo suficiente a todos estos pequeños viticultores, grandes de corazón, irremediables luchadores, como lo es mi padre: Fernando Rodríguez Sigüenza, viñista, cooperativista y bodeguero, por supuesto. Y que siguen en la brecha. Va esa copa de vino de Chiclana por él y por ellos.

Y también por esos muchos otros que lo han sido. Y que, como el personaje de la novela "La isla", de Giani Stuparich, sienten cada septiembre el mismo desasosiego: "Si miraba atrás, su vida podía semejarse a una vigorosa navegación; y las tierras en las que había atracado habían sido ubérrimas: viñas repletas de racimos, que él había vendimiado siempre en su momento de sazón, ni acerbos, ni mustíos. Había disfrutado. Ahora la viña estaba desnuda; pámpanos tenaces permanecían todavía pegados a los sarmientos; pero sentían ya las primeras sacudidas del viento invernal".

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