Análisis

Paco Carrillo

Se terminaron las vacaciones

Para los pocos que las tuvieron, claro, porque la gran mayoría de españoles -con perdón por el calificativo- sólo han disfrutado intermitentes actos de contrición, los muy canallas, por resistirse a acatar las directrices del Régimen Polimorfológico que padecemos, borregos enaltecedores al margen.

Sin embargo durante este letargo veraniego que corre el riesgo de perpetuarse, ha habido cositas sin importancia: la ascensión fulgurante de Begoña; los ceses inexorables en TVE -gracias, Rosa, musa idílica de la Transición-; el chantaje soterrado euskaldún; el eterno y cada día más agrio desafío independentista de los puchibarretinos; los tembleques de los peperos; el carajal interno de ceeses; el impulso renovador de los podemitas; el pertinaz engaño a los contribuyentes, pensionistas y autónomos incluidos; el anuncio del aumento de la Deuda, todo ello gracias a la incapacidad de un Gobierno cogido por los huevos que, como siga así, llegaremos a creer que Zapatero fue un genio, ¡que ya es decir!

De lo que se puede estar seguro, visto lo visto, es que Sánchez aun en precario, no nos aburrirá, habida cuenta que vive de gestos y contradicciones y por mucho (o poco) que diga hoy, mañana dirá lo contrario. ¿A que esto es más distraído que lo que hacía Rajoy, que era una gotera en un cubo? El PSOE, en un documento base sobre política migratoria, propone modificar el actual modelo de los centros de acogida, evitando un ingreso masivo de inmigrantes, y en su inmenso amor por los desesperados que llegan a nuestras costas, gracias a las mafias que no son capaces de eliminar, va a llevar al Congreso una proposición no de ley para que dicten las instrucciones precisas dirigidas a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado: que no soliciten el internamiento excepto cuando el mismo se considere indispensable para una repatriación aunque sea en caliente y no existan otras medidas cautelares menos restrictivas de derechos. (¿?)

Ante este ejemplo de buenismo de cartón piedra, uno se pregunta si gobernar -en el sentido más estricto de su función- es el arte de lanzar ideas a voleo sin tener un programa para solucionar problemas o retocarse el maquillaje para salir bonito en las fotos, como ya hizo González pasando por el aro para entrar en el Mercado Común, es decir, para estar entre los capitalistas que mueven el mundo del que tanto reniegan los pesebreros incorregibles. El precio que pagó España fue el de desmantelar toda su industria pesada, incluida la naval, que era la segunda de Europa a pesar de la baja productividad, de los sindicatos y de los directivos de esas empresas que se prestaron al juego de las prejubilaciones bien retribuidas, sin percatarse de que a la larga o a la corta su mantenimiento sería el origen del boquete del Fondo de Pensiones, de la crisis que vivimos y de la Deuda Pública que padecemos. O sea, para aliviar los presupuestos laborales despidiendo trabajadores y pasarle el muerto a la Seguridad Social: puro gilipollismo. Y ahora se quejan de las derechas.

Que les sea leve en síndrome postvacacional.

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