Análisis

Manolo Fossati

Nunca es tarde

Ni un solo día aparecen los bombos sin rodear de los más diversos despojos: muebles, juguetes rotos, cristales, macetas, metales, cojines de todos los modelos, ruedas, bombonas de butano supongo que vacías, carritos de supermercado…

Más naufragio.

Hay refranes bastante desafortunados. Como por ejemplo ese que dice que nunca es tarde si la dicha es buena, sin tener en cuenta la desgracia de que algunas dichas tardan tanto que a muchos no les da tiempo a disfrutarlas. Pero bueno, optemos esta vez por la versión optimista del proverbio.

Igual que hemos protestado por una acera cuyo deterioro progresivo alcanzó a más de una década, los vecinos de Luis de Ossio (que no es el del número 27, sino el nombre de la calle) debemos proclamar nuestra enhorabuena por el arreglo por fin de ese tramo urbano cortísimo que rodea el hospital de San Carlos. El Ayuntamiento, sin embargo, se está mostrando partidario del refranero hasta las últimas consecuencias, y prolonga la llegada de la dicha total. El final de los trabajos para renovar poco más de 300 metros de baldosas se va a alargar más de dos meses. Es de esperar (seguro, porque somos de buen conformar) que la finalización traiga por fin una beata sonrisa a la calle. Puede que al final incluso demos las gracias.

Pero como no hay nada más insospechadamente creativo que una comunidad de vecinos, los rumores empezaron desde el principio, y todos negativos: que si nos iban a ensanchar las aceras y se dejaría la calle de un solo sentido, que si perderíamos aparcamientos, que si aquel ensanchamiento no era para un paso de cebra sino para la instalación de contenedores subterráneos de basura pegados a las viviendas, y qué falta hacía cambiarlos del lugar donde están ahora, alejados sus olores de las casas. Además, ustedes no saben del arrebato desprendido de algunos vecinos de la zona: ni un solo día aparecen los bombos sin rodear de los más diversos despojos: muebles, juguetes rotos, cristales, macetas, metales, cojines de todos los modelos, ruedas, bombonas de butano supongo que vacías, carritos de supermercado… Imaginar todo eso a la puerta de su casa hizo a más de uno ponerse de los nervios. Resultó falsa alarma, menos mal.

Ahora, hasta nos va a dar pena dejar de ver a los operarios y saludarlos todos los días, echaremos de menos no desearles buen provecho mientras se toman su desayuno de las diez de la mañana y escuchar sus bromas y algunos cantes. Con esto de las restricciones, a algunos los hemos visto más que a nuestra familia. Vayan en paz.

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