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Balas de plata

La suerte de tener jardín

Piensen en ese pobre vicepresidente, encorvado perdido de cuidar su jardín para que esté como Lenin manda. Que luego llegan las visitas y lo critican todo. Imaginen a Monedero, el cuñado podemita por antonomasia, explicando a su pupilo que se había equivocado de lugar y de jardín

Acababa de sobrepasar la aguja del reloj la una de la tarde en la comisión de control al Gobierno cuando el Vicepresidente Iglesias sufrió un ataque de sinceridad en pleno rifirrafe republicanista con Gabriel Rufián. "Tengo mucha suerte porque tengo jardín en mi casa para sacar a mis hijos y soy consciente de que millones de familias en este país están teniendo a los niños en pisos de 40, 50 o 60 metros cuadrados", espetó Iglesias al político independentista, famoso por la acidez de su verbo.

Los ataques de sinceridad suelen salirles caros a los políticos de alta gama y nivel bajo. Aún recuerdo cuando salió a la luz la adquisición del chalet en Galapagar; el líder de Unidos Podemos tuvo que ser refrendado en una especie de improvisada asamblea interna que dijo que sí, bueno, que era comprensible que huyera de Vallecas en dirección a la sierra de Madrid a criar a sus hijos.

Yo discrepo de Pablo Iglesias: tener un jardín no es una suerte sino una maldición, especialmente si es de grandes dimensiones. Si uno tiene cien metros de terreno ajardinado ha de decidir qué tipo de césped planta en él, guardando cuidado de no comprar gramón del malo en algún proveedor con contactos en China. Dicen los expertos que si eres de esos a los que les gusta retozar en el frescor verde a la menor oportunidad tu césped ideal es el Ray-grass, sobre todo si tus niños son como todos los niños, unas máquinas de pisotear.

Luego tenemos el problema del mantenimiento del jardín, que la hierba no se poda sola y no va a venir el mayordomo a cuidártelo. Imagino que entre la Agenda 2030 y escaparse de vez en cuando de la cuarentena como un vulgar M. Rajoy para acudir a ruedas de prensa, la pareja de la ministra de Igualdad, aún convaleciente por el coronavirus, tendrá que coger la cortacésped día sí, día también. Eso sí, no para cortarse la coleta, que Iglesias tiene aún fuerzas de sobra para dar el callo y lo que surja, sino para igualar el manto VERDE de su humilde casita como si fuera a disputarse allí la final de la Copa del Rey.

Lo dicho, de suerte nada, más bien tendrá un problema. Piensen en ese pobre vicepresidente, encorvado perdido de cuidar su jardín para que esté como Lenin manda. Que luego llegan las visitas y lo critican todo. Imaginen a Monedero, el cuñado podemita por antonomasia, explicando a su pupilo que se había equivocado de lugar y de jardín. "Hazme caso, que yo controlo tela de hierbas", le diría, "deberías haberte mudado a Navacerrada, que es un pueblo mucho más bonito, y si querías fardar de césped deberías haber elegido uno ideal para el clima frío, el Pennisetum clandestinum, que es el que él yo consumiría, llegado el caso".

Me reafirmo. Es mucho mejor no tener jardín, sobre todo si eres político. Así evitas pisarlo en el peor momento. Los niños, Pablo, como los maridos, mejor en casita, que vamos ya para veinte mil muertos "oficiales" y no tenemos el jardín para farolillos.

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