DIARIO DE CÁDIZ En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Además de tos, dificultad para respirar, o fiebre, el coronavirus parece causar otros síntomas, incluso a la población sana.

Visión escénica: sensación de ser espectador de la realidad y no parte de ella. Error de percepción en el que caen todos aquellos que, al salir a la calle, se quejan de que hay “demasiada gente”, como si la definición de “gente” no los incluyera. Si todos los que se indignan se quedaran en casa junto a los que salen solo para grabar con sus móviles a los demás, seguro que las aglomeraciones bajarían considerablemente.

Alucinaciones: percepción de luchar en una guerra que no es real. Síntoma agravado por el discurso político forjado a principios de la crisis, azuzándonos contra un enemigo invisible. Ya hubo críticas entonces a este planteamiento ante un virus que ni daña por voluntad, ni entiende de fronteras, ni desaparece con batallas. Pero era un mensaje simple y caló. Ahora hace aguas. No ha habido batalla final que determine un vencedor y un vencido, damos pasos hacia adelante pero no hay victorias que celebrar. No sabemos en qué punto de la guerra estamos, porque no hay tal contienda. Solo saldremos de esta cuidándonos y cuidando a los demás, con responsabilidad, con conciencia colectiva, con paciencia. No se trata de pelear, sino de ayudarnos mutuamente.

Ceguera selectiva: imposibilidad de ver la realidad, o parte de ella. Millones de hogares con menores se enfrentan estos días a verdaderos dilemas ante la necesidad de regresar a sus trabajos. Está claro que abrir las escuelas ahora no es viable, pero, ¿alguien ha pensado en qué pasará mientras tanto? Se articulan protocolos para que la actividad económica regrese a la normalidad sin que nadie parezca haber caído en la cuenta de que todos esos niños no pueden quedarse solos en casa. Al final, cada familia se apaña como puede -y mal, claro, con el sacrificio mayoritario de madres que renuncian o la carga de abuelos vulnerables-, y el problema queda escondido. Es como si los políticos jugaran al cucú-trás: me tapo los ojos y no veo lo que pasa dentro de las casas.

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