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La esquina del Gordo

Lo siento, usted no existe

¿Significará que no hubo nadie más idóneo para definir el momento? ¿O que usted se ha conformado a no pensar ni a decidir por su cuenta? Es decir, a no ser nadie

No insista. Mire su carné de identidad. Tiene, rozándolos por arriba sus buenos sesenta años. Ahí, aparte de su nombre y el de sus padres, figuran sus dos apellidos; dice cuándo y dónde nació, y dónde vive. Antes ponía su profesión o a qué se dedicaba, que era una forma de ser alguien; ahora ni eso, todo lo que se añade son números, es decir: en lo que lo han convertido. Pero hay más.

No necesita el Libro de Familia para saber que tiene dos hijos mayores de edad a los que ve de cuando en cuando, en esos momentos en los que les fallan sus intentos de independencia y vuelven a la cada madre; pobres ellos que no encuentran dónde demostrar sus estudios, aptitudes y voluntades; claro que peor otros, los que no tienen ni estudios ni casa madre donde cobijarse. Pero a lo que vamos: usted está en los años que digo, sabe que está retirado desde los 63, que hace cuatro terminó de pagar la hipoteca de su casa y da gracias a que pudo hacerlo, porque esas pastillitas que toma a diario y esas goteras que ya siente… Menos mal que su mujer es animosa, valiente, y no se arruga cuando pasan dos meses sin poder ir a la peluquería. Perdone la forma de señalar pero es lo que suele pasarle a la gente corriente que, a estas alturas y pese a todo, puede darse con un canto en los dientes.

Acaso sólo por razón a la edad, perteneció a la generación anterior al progresismo y que su rebeldía no fue sino un inconformismo moderado ante tantos decretos-leyes, ante tanto ordeno y mando, y se refugiaba en el trabajo diario, en soñar futuros, que es a donde se le iba la mente cuando se aburría en la misa de los domingos cuando el oficiante no afinaba demasiado.

Hasta el Vaticano II su iglesia de entonces estaba más en los ritos con casullas, dalmáticas y capas pluviales —mejor si eran adamascadas en oro—, en incensarios de plata y en latines que nadie entendía pero entretenían porque añadían su dosis de misterio que todo espectáculo conlleva. Visto desde la perspectiva actual parecía que importaba más el número de asistentes que transmitir resignación para el presente como pasaporte indispensable para la gloria eterna.

En realidad usted se guardó muchas preguntas que le habrían servido para ser mejor —y con esto no quiero decir que sea malo—, sino receptor pasivo de lo que le echaran. Y lo que es la vida, quizás ahora, cuando no consigue pillar el sueño, aparte de lo dicho, siga teniendo las mismas dudas y los mismos temores ante la perspectiva de la situación que vivimos en España y que la misma Iglesia, para fijar una época, la resumiera metiendo a Pilatos en el Credo, igual que si para referirse a la que vivimos hubiera que decir: —En tiempos que Ponzo Iglesias fue Vicepresidente del Gobierno de España…— Chungo, ¿no?¿No le inquieta? ¿Significará que no hubo nadie más idóneo para definir el momento? ¿O que usted se ha conformado a no pensar ni a decidir por su cuenta? Es decir, a no ser nadie.

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