La portuense humedad avanzaba a pasos agigantados envolviendo la ciudad. Las mañanas traían la silenciosa sirena de un vapor inexiste cargado de los aromas del río, un sonido que parecía escucharse como si estuviera uno sentado en El Liba, y los acordes, suspendidos en la salada neblina se podían rozar con las yemas de los dedos.

Al respirar, el sabor a un incipiente invierno nos inundaba buscando el calor de las prendas, arrebujándonos en los recuerdos de tiempos pasados. La pandemia nos hizo despertar las conciencias, los recuerdos se adueñaron de nuestros sentidos, y entre el lamento y la sonrisa, nuestro río nos devolvió a una vida pasada.

Mi río de invierno me empujó a una playa de suaves olas, que cabalgando entre las nubes me hacían buscar el viejo árbol, las reuniones inexistentes y los chupitos de anís con sabor a mar. Mi río del invierno, cargado de su humedad sonora me trajo la pena por los que ya no volverían a tomarnos de la mano, que importaba un confinamiento más o menos, que más daba la marea de videoconferencias con los seres queridos.

La vida, como el río, solo pasaba una vez besando las piedras del cantil, pues el siguiente roce sería distinto, igual de hermoso, igual de intenso, igual de húmedo y claro. Con mis ojos cerrados, y el corazón abierto, dejé que el verano volara de mi memoria, me llene de río, de bruma, de salinas y de esteros empapados de rocío.

Me dejé llevar por la felicidad de un mañana cercano y desconocido, pero lleno de fluvial felicidad de invierno, acogedora y pasada, en donde la niebla que llegaba desde el río dejaba que la madrugada acogiera los recuerdos y el presente de mi Puerto, de mi Puerto fundido con las brisas de mi río del invierno.

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