Análisis

José Ignacio Rufino

Un retraso de dos años

Hace unos meses, echábamos desde el sur, todos a una, pestes sobre aquel político catalán -da igual quién en concreto: no era cosa sólo suya- que afirmó que a los niños andaluces no se les entiende cuando hablan. Antes, en esa centrifugadora de mojadas en el costado que es la Madrid política, otra dirigente se quedó más ancha que larga tras poner a los andaluces de parásitos fiscales. La imagen de Andalucía, idea que recogió este periódico ayer en su editorial, dista mucho de ser respetada porque vaya ya de antemano que respetable no es ni la del nacionalismo catalán, ni de la del foro capitalino de todas las traiciones fraternas, ni la de los comandos junteros que se gastan miles de euros en prostíbulos. Las chachas andaluzas recorren personajes tan diversos como la Rafaela Aparicio de El sur de Víctor Erice y la asistenta graciosa e inculta del Médico de familia. Luchar contra el tópico del andaluz indolente, graciosillo y cateto es tan ardua tarea como lo era cuando Franco -gran castigador de regiones pobres y promotor de regiones ricas nacionalistas- instauró al andaluz, flamenco y vendido por dos gracietas como humorista esencial de la Patria. Que no nos falte un chufla meridional. Eso no ha cambiado demasiado. Y ya va siendo hora de poner pie en pared.

Esta semana hemos tenido que tragar otra guantada, con dos cojones y un Informe Pisa, de la ex ministra de Agricultura de Rajoy, Tejerina. En realidad, su mensaje -"En Andalucía, lo que sabe un niño de diez años es lo que sabe uno de Castilla León de ocho"-forma parte de la puesta en escena de un liderazgo del PP por parte de un Pablo Casado, reinventor de la Historia de la Patria, que lleva el low cost intelectual por bandera. Se puede usar a los niños en vano; total, son andaluces. Otros, allá por Zamora, se dirán: "Mis hijos son dos años más sabios que los andaluces". No carguemos sobre niño ninguno, tampoco castellano, por la simple verdad de Tejerina, pero sí hagamos notar que en esta tierra, tras la indignación y la mala baba que se te viene cuando escuchas estas cosas, ha habido más de uno que, tócate el codo, ha dado la razón tras el primer clamor de hartazgo. Se trata de un segmento demoscópico que, por lo general, no se considera aludido por el aserto sobrado que consiste en hacer ver que los niños andaluces están retrasados, si es que no lo son de fábrica. Quienes dicen que tiene razón esta mujer cuando deduce que a partir de una estadística de adquisición de conocimientos o capacidades (Informe Pisa), considerando una gama de factores y una selección de indicadores, y no otros, los niños andaluces están dos años de sabiduría y competencias por detrás de otros de otros territorios españoles, ahí con sus medias aritméticas y sus varianzas, son, me da a mí, padres de chavales que estudiaron en la privada (más o menos encubierta). A sus hijos no los consideran andaluces, en este sentido, pues. Mientras, en la otra orilla, el PSOE andaluz recuerda ciertos éxitos de otras estadísticas.

Resulta claro que Andalucía debe acreditarse y dejar de proyectar como región una imagen folclórica y superficial. También es claro que los datos académicos deben hacernos reflexionar y no buscar atajos que convengan a la Junta en la evaluación del gasto en Educación (por cierto, por debajo de la media nacional en términos per cápita). Pero lo que resulta chocante y tocante inguinalmente es que los mismos que llaman fascista, xenófobo o lo que sea menester a un nacionalista catalán que denigra a la grande el retraso escolar de nuestros hijos, eleve los hombros, levante las cejas y tuerza el gesto a consabido cuando dice sobre la boutade electoral de Tejerina: "Es que tiene toda la razón". Ahora que vienen elecciones.

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