Hace unos días decidiste irte, amigo. No te nombro por eso que llaman efecto contagio. Qué ironía, ¿verdad? Como si no estuviéramos todos ya enfermos de cansancio, al borde del abismo o de los bloques del Campo del Sur, a punto de saltar. Pero somos cobardes, o no. Depende. Mejor pensar que es al revés, y que estamos esperando a que de pronto, en todas las cadenas de televisión, por ejemplo, como en las películas, se produzca un parón universal para anunciar que todo va bien, que la guerra ha terminado y que comienza un tiempo bueno y azul, como el cielo más bonito de Cádiz. No sé.

Respeto tu decisión, como respeto todas las decisiones y sé de la diversidad de niveles en los umbrales del dolor. Nadie es culpable de nada, o quizás todos lo somos de todo. O mejor que culpa, es responsabilidad el término adecuado. Responsables algunas veces de arrojar a la soledad más profunda al vecino de al lado, al amigo al que no llamamos porque no tenemos tiempo o a los mayores a los que no visitamos porque es incómodo, los horarios no son compatibles, o le damos prioridad a las obligaciones a las que nadie nos obliga, sólo nosotros mismos y la prisa de vivir corriendo, a ciegas y sin respirar.

En esta realidad extraña y burocrática está de moda la autoayuda, la psicología instagramer y las frases motivadoras. Sabios y gurús de la nada por todas partes. Y ya he hablado de esto en otras ocasiones, sí. La nadería, el absurdo y la sordera ante el clamor más cercano. Y yo sé, amigo, amiga, que no hay momentos en que no se puede soportar, porque en lo más oscuro de estos tiempos no hay piel, no hay calor, no hay borde al que agarrarse en una piscina helada e infinita hasta arriba de agua a punto de solidificarse.

¿Y cómo aliviar el frío? Quizás arriesgándonos a la cercanía de un abrazo, para empezar. El siguiente paso sería dejar de darnos la espalda y abrir los ojos y las manos.

Créeme que te entiendo, Gabriel. ¿Ves? No lo puedo remediar, y se escapa tu nombre porque espero de corazón que más que una advertencia, o un lamento, tu decisión sea un peldaño más en esta empinada escalera a la esperanza que todos merecemos, y tú también.

Sé que hay una clase de dolor en el alma que no se puede soportar. Un dolor con manos más fuertes que la propia voluntad, que tira de nuestros tobillos para arrastrarnos al fondo. Y es bueno que se empiece a ver y a conocer, porque sólo mirando a los ojos al monstruo del abatimiento absoluto se le puede vender. Ya le hemos rehuido bastante, e incluso ignoramos adrede su nombre, como si la mente fuera inmune a la fragilidad. Sabemos que no. Pero hay cura: escuchar y mirar alrededor. Y que nos miren y escuchen cuando no lo podamos soportar.

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