Contrasta la actitud mesurada y discreta -dentro de la lógica discrepancia- de la familia ante la retirada de la placa del alcalde José León de Carranza, en cumplimento de la Ley de Memoria Histórica.

Y digo que contrasta este talante conciliador y colaborativo con el griterío pendenciero organizado en las redes sociales. ¡Qué ruido! Ha salido a relucir Cuba, Maduro, Stalin y Venezuela, que gusta mucho. Y al alcalde, que si co-mu-nis-ta, chusma, borrego guerracivilista, holandés anarcoide, perroflauta y otros insultos de menor cuantía. Por catar, ha catado hasta el mismo Salvochea, como criminal y lunático. ¡Qué jauría! ¡Qué frenesí atizando fuegos!

Furibundos cuñados, tipejos acomplejados escondidos tras nick ridículos, sujetos de buenas familias venidas a menos, con su soberbia lesionada, beatos apologistas y fascistillas con faltas de ortografía; y por supuesto neoconversos de anteayer, que se avergüenzan de haber tenido sueños izquierdistas tan estúpidos como los de sus excamaradas, a los que ahora ridiculizan y desprecian. El matonismo verbal de estos odiadores titulados es realmente admirable.

Y todos conectando sus miedos a terribles pesadillas premonitorias y aventando sobrecogedoras catástrofes gaditanas.

Pero, ay, existe una ley que cumplir en este Estado democrático. Otrora, cuando la ley la dictaba un pistolón al cinto y una camisa azul, cayeron los nombres de Salmerón, Pi y Margall, Castelar o Salvochea. La placa de Mendizábal que figuraba en el muro del Oratorio fue arrancada y destruida, las plazas de la República devinieron en del Generalísimo, las del 14 de abril permutaron en del 18 de julio, Alemania sustituyó a Francia y Roma a París. Y después vino el alud de gestas gloriosas y héroes invictos honrando a quienes acabaron con la democracia.

Y esto, al fin y al cabo, era algo incruento -quizá lo único- en aquel tiempo: la sangre y la crueldad discurrían por una vía paralela. La reforma del callejero quería significar, como siempre ocurre en todo vaivén político, el cambio de ideas y creencias.

Lo que ocurre es que ahora el cambio lo impulsa una democracia. Y todos, salvo la jauría, hemos entendido que las leyes están para cumplirlas.

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