Puente de Ureña

Las pequeñas pasiones

Las pequeñas pasiones como la pesca o la salina ya no son posibles en esta ínsula barataria que olvida sus orígenes

Un látigo de luz en la persiana con su código morse de rayitas cortadas. Algarabía de gorriones. El sueño con su nido de araña en la cabeza. Como un nublado gótico. El mundo, ahí afuera, vive. Dentro de uno, dónde dicen que van las procesiones, acaso las ideas, las derrumbadas ilusiones, los pequeños sueños imaginarios, empiezas a pensar en las salinas, abandonadas, en el paro, tan alto, en las cosas sin terminar, en la ancha espalda de la isla, más ancha que castilla, que nunca miró al mar. ¿Seguro?

El caño a esa hora, frente a mi patio, desde el Carrascón a San Francisco, dibuja apenas, entre las brozas, el salicor y el salado, el sapillo, la ceiba, la rizada presencia de la marea, frente a las güertafueras develadas, rotas, vencidas, sin compuertas, como castillos derribados ante el asedio de la mar, las levanteras y las tormentas.

Cuando iba a pescar, entre la sarconornia, la sapina, las salicornias de los caños, los viejos, veteranos cangrejos de toda la vida, verde botella añeja entre el fango y la tierra, cuando sentías crecer el agua, el crepitar de las coquinas, su eterna huella de pie de pájaro, o la boca batiente de la boca del mar.

Me da por el lirismo. La marea con el viento cava en la orilla, esa manera de batir piedras y lodos hasta que el oleaje toma tintes de zumo de achicorias. Quedan aún esqueletos de barcazas y candrayes, madera de morir en varaderos de infortunios, colores de maderas imposibles, como para envejecer la mar como un viejo solera. Esa madera quemada por el sol en las orillas inquietas, con los nudos abiertos con el desguace de los clavos reventados de óxido, que dan color irrepetible a sus maderas.

Y los viejos recuerdos me llevan a evocar la Salinera Chacartegui. Santos, va por vosotros, por Fidel, por Arantza, por aquellos años que hicieron más rica a la Isla.

La naviera Francisco Chacartegui de la que fue accionista. Los últimos barcos construidos y botados por ellos, fueron Iciar de Chacartegui, Juanita de Chacartegui, Iñaki de Chacartegui y Merche que cargaban sal para las conserveras y bacaladeras del norte, -sal de la isla-.

Con almacenes en Villagarcía de Arousa, Gijón, Laredo, Bermeo, Lekeitio y Pasajes. En Gallineras atracaban el Santos Mary y el Miren Tere. Salinera Chacartegui, San Fernando, el Estanquillo, la Leocadia, la Calavera, Carmen San Miguel y la Covadonga, estuvieron en producción en la Isla.

Don Fidel poseyó en Chiclana, Santa Ana y San Juan de Bartivás y Esperanza Siglo XIX, en Puerto Rea,l San Patricio y Aurora, Patrocinio, la Atravesada, San Fernando. Tuvo remolcadores, dos, Iñaki y Prim, varias gabarras y, en un pueblo que hoy pasa de trece mil parados, él tuvo 130 personas a su cargo empresarial.

Socialmente fue presidente del Círculo Mercantil y, cómo no, isleñismo puro del Club Deportivo San Fernando. Son personas que debieran tener placas de recuerdo al menos, de un tiempo duro pero laborioso. De un pueblo que olvida el mar, que vive de espaldas al mismo, y no sabe reutilizar sus recursos. Don Fidel, miro esa mar que es el caño, ahora que las nubes de reliadas parecen ostiones a babor, y le reconozco su trabajo, su bonhomía, y su recuerdo dignísimo. 

Las pequeñas pasiones como la pesca o la salina ya no son posibles en esta ínsula barataria que olvida sus orígenes.

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