Miro las noticias una y otra vez, escucho comentarios deseando la pausa a una escalada que no cesa. Me pregunto el por qué, y amigos cercanos me hablan desde sus convalecientes camas, afectados por esa ola que a todos nos salpica.

Mi Puerto, como todo el escenario hasta donde mi mente llega, sufre, y no en silencio, ya no son los tiempos en que, de lejos, muy de lejos, escuchábamos los tambores de guerra, el infortunio, la pena. Pasaron los tiempos de los lejanos telediarios, de los aplausos falsos, de las lágrimas fruto de esa copa de más.

Ahora, precisamente ahora, nos miramos a la cara y nos protegemos, porque a la mente nos llegan las imágenes de aquellas camas vacías. Hemos pasado del yo he oído, al yo conozco, y poco a poco, vamos pasando la primera persona, en donde ya decimos si sabes que en casa…

Ahora, cuando la lluvia ha cesado, cuando ya no miramos a los lados con desdén, llega el momento de la pausa, de la pausa y el café. Del sentarse al pairo del poniente, mirando el hueco vacíó de aquel vapor, escuchando el murmullo del río que busca su bahía.

Llega el momento de tomar la taza con ambas manos, dejando que mientras la brisa me trae el olor a mar, notemos la cálida placidez de una pausa. Llega el momento de confundir el aroma del negro tostado con la blanca candidez de la sal de más allá de la ribera. Llega el momento de la pausa para, respirando hondo, saber que todo pasa, que todo pasa a nuestro lado, que todo lo que pasa… lo pasamos, lo estamos pasando; ya no es el lejano murmullo de un destino que no conocemos ni nos importa.

El Puerto, altivo y orgulloso, como todas las ciudades, vive; como todas, en la lucha constante… y es momento de la pausa, de la pausa y el café, el momento de respirar hondo, y abriendo los ojos, tomar el primer sorbo sabiendo que mas pronto que tarde, quizás, solo quizás, la pausa, la alegre pausa, no acabe jamás.

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