Mientras apuraba el café, y hablábamos de poesías y literatura, me comentó algo que quizás a todos se nos pasaba por alto. El Puerto, la ciudad de los mil palacios, de los mil desconchones nostálgicos, la del río del olvido y el futuro incierto, la ciudad negativa que a todo sacaba punta… El Puerto, aquel Puerto, tenía algo invalorado, perdido y olvidado.

Yo jamás lo había pensado, y, aun así, cuánta razón llevaba mi amigo. Cuánta gente había nacido entre el olor a Tierra, Mar y Vino, cuántos habían alcanzado una fama, a veces negada en su propia casa, pero tan reconocida allende el Guadalete.

Fueron tantos los nombres, y no solo el de aquellos que ya estaban navegando en las tierras infinitas, tantos los de aquellos que aún entre nosotros se encontraban, que no pude por menos que darle la razón. Su razonamiento, unido a una ciudad que mira el turismo como siempre hizo, con un potencial incalculable, hacían de su idea un sueño bonito y merecido.

Y es que, aquello que llamamos fama, a veces es bienvenida, no siendo necesario esperar a que aquel a quien se le reconoce ya no pueda darle la bienvenida. Cierto que vivimos tiempos en los que algunos ven la fama según colores, olvidando que los méritos carecen de color, y forzando a reconocer o condenar al ostracismo según el tiempo y el color, tapando y desvelando a su antojo placas y homenajes.

Sin embargo, cada día es más clara la importancia del color, cada día a más personas les importa poco el rojo y el azul. Quizás, y solo quizás, al igual que Pedro Muñoz Seca y Alberti comparten pedestal, vaya siendo hora de reconocer, aún tímidamente, a tantos y tantos cientos de portuenses que no se perderán en la memoria.

Quizás, como decía mi amigo mientras apuraba el café, un Paseo de la Fama recuerde a los más jóvenes no sólo a los que aun se les reconocen sus méritos, sino a todos los que no podrán descubrir con sus propios ojos el pequeño homenaje de su ciudad.

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