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La esquina del Gordo

Mi nuevo ordenador

Escupía noticas tan alarmantes como que los ciudadanos estábamos sometidos al capricho de unos intermediarios que hacían de su capa un sayo; que estos se ponían a la sociedad por montera; que abusaban de aviones, de dietas, de fondos reservados y algunos -pocos pero malvados- amagaban con separatismos y cosas feas

De momento renuncio a decir nada sobre el coronavirus, ya tenemos bastante con el acoso y derribo al que estamos sometidos. Prefiero referirme a mi nuevo ordenador aunque éste no ordene nada porque es tan dócil que me obedece en todo. Digamos que se trata de un milagro de la técnica.

El de antes era una fiera. Tenía una pantalla, un teclado y cuando se le daba equivocadamente a algo indebido se ponía como loco. Además escupía noticas tan alarmantes como que los ciudadanos estábamos sometidos al capricho de unos intermediarios que hacían de su capa un sayo; que estos se ponían a la sociedad por montera; que abusaban de aviones, de dietas, de fondos reservados y algunos -pocos pero malvados- amagaban con separatismos y cosas feas. Aun sabiendo de antemano que esos ataques son las pantomimas que utilizan los listos para vivir sin dar ni golpe…, que te lo recuerde un chisme a cada momento, la verdad, daba repelús.

Mi nuevo aparato no conlleva ninguno de esos riesgos; es prudente y no se mete en nada. Voy a intentar explicarlo con detalle: Se trata, ya digo, de un ingenio maravilloso que no necesita estar enchufado a la red; o sea, no gasta energía ni atenta contra el medio ambiente. Tiene la virtud de permanecer en reposo total cuando no lo uso. Es de un negro pavonado precioso y su teclado tiene letras negras sobre un fondo blanco con un arito de acero. Si se pulsa cualquiera de esas teclas, como por arte de magia y desde un hueco que tiene enfrente, salta una varilla en cuyo extremo, en relieve, lleva una letra minúscula y otra mayúscula, ¡ah! y signos curiosísimos: paréntesis, comas, tildes… bueno, de todo lo que es necesario para escribir en letras de molde; y a lo que iba, que cuando se presiona la tecla elegida se eleva su varilla correspondiente y se estampa en un rodillo de goma dura al que previamente se le ha puesto un papel; o sea, ¡que a la vez imprime!, porque antes de estamparse contra el papel, automáticamente se interpone una cinta con tinta que se desenrolla y se enrolla en dos carretes laterales. ¡Es de película!

A todo el conjunto del rodillo se le llama carro y tiene palancas, marginadores, formas distintas para espaciar las líneas, y los hay de varios tamaños; el de mi aparato es medio; o sea: la releche. Tengo que admitir, eso sí, que es un poco más ruidoso que el antiguo, ese de las teclas cuadradas y pantalla chivata; pero ya lo he dicho, no produce sobresaltos con catástrofes, pandemias, evasiones de capitales, fondos buitres y presuntos delincuentes. Vamos, por así decirlo: es una mascota de toda confianza.

Se llama ¡máquina de escribir!; la mía, Underwood, está fabricada en 1975; ayer, como aquel que dice. La he comprado en una subasta, seminueva, cara, pero soy feliz a pesar de que no tiene ratón, ni disco duro, ni memoria RAM, ni necesita wifi porque todo corre por cuenta del que la use y se reduce a una cosa llamada Gramática, concretamente lo que corresponde a la sintaxis, a la morfología, ¡a la ortografía…! ¿Conoce? Pues no se necesita más. Ni menos.

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