Dice el tango que veinte años no es nada, pero a mí me han dado para mucho. El bombardeo de imágenes y análisis de los atentados del 11-S con motivo de su vigésimo aniversario me han retrotraído -como, imagino, a todos los que superan la treintena- al día de aquella tragedia. A lo que hacía, al lugar donde estaba, pero sobre todo, a quién era yo con veinte años menos.

Y me he descubierto más joven que entonces. No por aquellas cualidades de la juventud que la encumbran: no soy más vital, ni más enérgica, no tengo mejor salud, ni más belleza.

Pero me encuentro más ignorante, menos confiada en la certeza de mis decisiones. Parece paradójico y sin embargo, intuyo, no soy la única. Al fin y al cabo, la juventud siempre tiene un punto de arrogancia.

Creo, con todo, que en mi generación esta sensación es aún más profunda, por una cuestión sociológica. Somos gente criada y formada en un mundo pensado para la estabilidad y la previsión, el de nuestros padres, y arrojada a vivir en el que ahora se  conoce como mundo VUCA, por las siglas en inglés de volátil, incierto, complejo y  ambiguo.

Empezaba a fraguarse ya en nuestra infancia, pero sin duda los atentados del 11-S  fueron un baño de incertidumbre, al que posteriormente se sumaron la crisis  económica de 2008 o, recientemente, la pandemia. Las recetas que nos dieron para  abrirnos paso no funcionan (estudiar más no te garantiza un trabajo, un trabajo no te  garantiza tener vivienda…) y hemos tenido que aprender por el camino y resignarnos a  ‘abrazar el cambio’, en una lógica que no acabamos de comprender porque  seguimos tratando de analizar la realidad con las reglas antiguas.

Las certezas de hace veinte años se han esfumado. Yo, que me veía madura, que creía saber de qué iba la vida, que tenía planes sin improvisación, no era más que una ingenua.

En la vida, como en cualquier otra materia, los avances sirven fundamentalmente para abrir los ojos ante todo lo que aún nos queda por aprender.

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