Cinco millones de seguidores

Me han regalado mis padres tres libros que hablan directamente al autor en ciernes

Un escritor manda su manuscrito a una editorial y ésta le contesta por correo electrónico rechazándoselo. La historia de la vida de muchos que intentan labrarse un futuro en la literatura. Pero en esta ocasión la editorial no se refugia en que la obra no encaja con su catálogo o que tiene cerrada la recepción de ejemplares; tampoco le sugiere una co-edición o el pago de los primeros equis ejemplares, sino que en un arrebato de dura sinceridad, el editor le dice al escritor que no le interesa su obra porque lo sigue poca gente en redes sociales. Y que cuando tenga más followers -también llamados compradores en potencia- vuelva a tocarle el timbre, a ver si están en casa. Con un par.

El músico Jorge Salán compartía en su Facebook un interesantísimo texto de Steve Lukather, guitarrista de Toto, en el que éste criticaba a las discográficas por la falta de mimo que parecen presentar en según qué casos, así como también a muchos jóvenes aspirantes a músicos que con tanto auto-tune, copia y pega y demás trucos de titiritero, eran incapaces de interpretar sus temas correctamente en directo. También rezaba el texto sobre la dificultad para poder malvivir de las ganancias del arte musical y lo mucho que cuesta poder desarrollar completamente un buen disco puesto que la industria busca maximizar los beneficios con el mínimo coste posible.

Como consecuencia de lo anterior, salió a colación otra noticia en la cual una joven actriz denunciaba que, con independencia de su calidad interpretativa, una productora cinematográfica sólo permitía que participara en sus castings si superaba los veinte mil seguidores en Instagram. En la publicación se aludía a un comentario realizado por alguien del gremio respecto a los espectadores de una película que a su vez eran seguidores de Úrsula Corberó, la protagonista. Todo muy triste.

Luego veo esos "productos" -que diría Risto Mejide- perfectamente empaquetados y dispuestos para su consumo por la plebe en cualquiera de sus opciones de ocio, y me da la impresión de que esto es realmente así. No hay más que ver los estantes de muchas librerías (supervivientes), infestados de libros de youtubers e influencers que posiblemente no hayan escrito ellos sino ghost writers a los que pagan a euro el folio y si no aceptas tengo trescientos en la puerta aspirando robarte el trabajo. Me da lástima ver las inmensas colas que generan esos chavales expertos en comentar videojuegos o combinar el maquillaje vegano con la lencería en las ferias del libro. Me parece una ofensa hacia aquellos que respetan su oficio, el de escritor. Pero con las ventas de los primeros se sostienen las publicaciones de los segundos, dicen, y quizá sea verdad.

Me han regalado mis padres por mi cumpleaños tres libros que hablan directamente al autor en ciernes o al estudioso que busca mejorar su arte. La tripleta es impresionante: Stephen King, Jorge Luis Borges y Alejo Carpentier. La idea le surgió a mi madre mientras escuchaba un programa de radio en el que recomendaban la guía fundamental para escritores que supone el libro de King, el maestro del terror. Quien, por cierto, tiene cinco millones y medio de seguidores en Twitter.

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