Análisis

Rafael Duarte

El milagro que no fue jueves

Nadie quiso dar crédito a lo que veían con el pleonasmo de sus propios ojos

En aquella explanada el sol era un taladro sobre la ropa. Erial eridano no de agua sino de polvo. La basílica en construcción se atisbaba muy lejos. El bar con su litrona, cuando no había litronas, era el único remanso tolerable en medio del sudor. Porque éramos islas de sudor. Sudor puro y duro padeciendo en nuestras arterias.

Pasó un carmelita de la santa faz con sotana. Y al entrar en el bar, donde estábamos el presidente y el torero and you de acompañante, llegó el cuadro no flamenco. Iba el Lolo Adrada. Mítico gaditano, cojo a la remanguillé, hoy diríamos disléxico de pie, hermano del Tigre de Cádiz, poeta, famoso por haber grafiteado un único verso endecasílabo en las paredes de Alcalá de Henares. Tenía fama de Don Juan, de radical de izquierdas y de ateo y no supe muy bien qué hacía con el escritor de fama de la isla, creyente, y dos o tres más que lo acompañaban. Yo no he visto ná, ni el sol da vueltas ni ná. Dijo uno de ellos, antes de tirar por la prolepsis. Mañana cuando pase esto, ya me contaréis. El grupo se iba alejando cuando el del pie eólico salió corriendo tras una tía que iba delante. Y, claro, tropezó. Y tras el traspié salió andando como un torero de tronío. No cojeaba. Por lo visto se le encajara la cadera y no cojeaba. Gritó: Milagro. Es un milagro.

Nadie quiso dar crédito a lo que veían con el pleonasmo de los propios ojos. Andaba derecho, arrenqueado y chulo.

El escritor famoso dijo algo así: No puede ser. Si la mía es la verdadera y esta no lo es, cómo voy a ver una epifanía. Lo que no haga el Lolo, no lo hace nadie.

Pues nos vamos. Yo no me creo esto, es otra patraña. El Lolo ya iba hablando con la rubia donjuanescamente. Los demás volvieron al bar. A buscar el coche. Fortunae miseras auximus arte vías, farfullaba el escritor de cuño. Todo el mundo sabe que los escritores verdaderos sueltan máximas y metáforas por un quítame allá esas pajas. Todavía, el Acosta Martínez y el Servando lo oyeron despotricar: "Tierra de oscuridad y de desorden, donde la misma claridad es como la calígine".

Nadie entendía nada. Surrealismo frito. Y el calor apretando sobre el sudor y en el cielo, ni pájaros.

Se fueron en el Volkswagen como rayos. El Pastrana, síncopa de Pastoránea, quería seguir en el ajo. Pues te quedas. Es que lo necesito. Sabéis que soy escritor de cartas al director. Allí lo dejaron.

Fue, semanas más tarde, el que le contó al Acosta Martínez que los que se fueron volvieron más tarde porque les dio pena de abandonarlos allí con el calor que hacía. Que el Lolo se perdió tras unas matas y allí sexualizó socialmente con la propia. Y que de resultas de los embates y envites del coyundeo recuperó la cojera al natural. Que todo fue un fiasco.

El escritor famoso contextualizó: Todo fue por culpa de la indócil rebeldía de su órgano. Ah.

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