Concejalía de Comercio se ha sumado a la máxima de si no puedes con ellos… y ha vuelto a repetir éxito con la transformación del Castillo de San Marcos en un pasaje del terror. Yo, que en su día acogí Halloween con frialdad y apatía, nunca he entendido a quienes se han opuesto, escandalizados, a esta tradición importada. Que sí, que es una moda que viene de fuera, asumida por imitación. Pero nunca escuché grandes alegatos contra la invasión de restaurantes de comida rápida; ni vi movimientos de indignados contra el cine de Hollywood. Y venía todo del mismo sitio.

Media humanidad (la que puede) viste igual, bebe lo mismo, baila con los mismos éxitos musicales y se engancha a las mismas series. Perdemos diversidad, nos homogeneizamos; pero en lugar de levantarnos contra la globalización cultural, solo nos preocupa que los niños se disfracen y pidan caramelos.

¿De dónde viene esa virulencia en la lucha contra la noche de las brujas? ¿Tememos perder nuestras propias costumbres? ¿Cuáles? No recuerdo en mi infancia ni una visita al cementerio, ni comprar huesos de santo, ni hacer buñuelos. Los Tosantos los conocí pasada la veintena. De modo que este festivo, para mí como para buena parte de mi generación, solo significaba que no había clase.

Ahora, para combatir el gancho de los personajes de terror, ha surgido una nueva práctica -tradición no es, porque comenzó a extenderse con el auge de Halloween, hace apenas unos años-: disfrazar a los niños de santos y beatas, en lo que se ha dado en llamar Holywins (algo así como 'la santidad gana'). Como si se tratara de una guerra entre dioses y demonios, en lugar de lo que es: una excusa para hartarse de azúcar. Cada cual, por supuesto, que se vista de lo que quiera. Creo, con todo, que rechazar una tradición 'importada' con una totalmente inventada tiene poca coherencia.

De modo que sí, confieso, soy pro-Halloween. Y lo único que tengo que reprochar al Ayuntamiento es que no haya tenido ojo y se haya puesto a decorar el Castillito, cuando la soledad y abandono del centro histórico lo convierten ya en el mejor escenario de terror. Y sin atrezzo.

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