Análisis

josé maría vinardell

Cuatro metros cuadrados

"Ojalá yo fuera como el sándalo que, al herirme tú, diera un aroma". Rabindranath Tagore

Pensé que la película de Pasolini, Saló, quedaría como un manifiesto único de hasta dónde puede llegar la maldad del hombre. La presentó precisamente como un testimonio de lo mismo, aunque habría que reconocerlo con una cierta complacencia, pues nunca dejó de ser un provocador. Tampoco acabo de comprender qué pretendía Nietzsche cuando planteó Más allá del bien y del mal, haciendo zozobrar los márgenes de la conducta del hombre y que Liliana Cavani llevó con tanto éxito a la pantalla. Se sabe cómo los últimos años del filósofo fueron insufriblemente amenazados por la vesania de su adoratriz Lou Andreas Salomé, junto con la veneración casi incestuosa de su posesiva hermana. Y cómo Nietzsche acabó sus días abrazando a un caballo vapuleado una tarde en una plaza de Turín.

He pasado diez días en la planta séptima del hospital de San Rafael. A este lado de la TV el Bien que es 'diffusivum sui', se ha venido derramando días y noches, y allí todo ha sido cariño y entrega. Pero si reparamos lo que presenta el otro lado de la pantalla, todo resulta más desolador. Filmes, filmes americanos, violentos, interminables en los que nunca falta dolor, desolación y la muerte inútil. El mal requiere para su expansión praderas infinitas y cabalgadas. Pero a este lado del televisor solo hacen falta cuatro metros cuadrados donde nazca el milagro del amor de estas personas de la séptima planta. La otra tarde vi continuadas llanuras y cabalgadas de la Paramount, y como remate final un film de Tarantino, Pulp Fiction. "La paz del anochecer debe ser guardada y protegida" -decía Paul Mauriac.

Donde los míseros venden sus miserias, el encantador equipo de San Rafael venda con amor sus miserias. Cuanta más buena es el alma de un hombre, menos sospecha la maldad de los otros. Tengo el presentimiento de que estos ángeles, cumplidos sus anhelos, llegarán a las alturas ingrávidos, arracimados, descarnados como los fugados hijos de Gustav Doré. Pues creyeron que ya todo estaba arreglado. Pero aún queda mucho por hacer, porque en estos cuatro metros cuadrados sigue habiendo mucho dolor y mucho amor.

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