Análisis

Juan CArlos Rodríguez

La memoria en llamas

De La Isla a Chiclana ha construido Antonio Díaz González (San Fernando, 1958) un itinerario vital y una íntima obra literaria que, de momento, culmina con un hermoso y extraordinario libro de relatos, "La memoria en llamas: de chispas a incendios" (Club de Letras-UCA). La literatura de Antoñín -como le conocemos- responde pródigamente a ese título: es una memoria en llamas, es una hoguera marcada por la sugestión del recuerdo. Que arde porque es, ante todo, festivamente emotiva. Y que crepita porque es poderosamente autobiográfica. "Todo lo que escribo tiene de autobiográfico -sostiene Antonio-. Hasta en los relatos más infantiles y fantásticos, hay un punto autobiográfico. De mi infancia, de mis vivencias. En todo lo que escribo, aunque sea erótico, y no sea exactamente esa experiencia que relato, hay un punto de vivencia personal. Lo autobiográfico está en todo lo que escribo".

Esa vivencia es también la memoria del territorio en el que Antonio nació, creció, vive y agranda. Porque el territorio -La Isla, Chiclana, Cádiz: la Bahía como un único escenario vital y mítico- marca tanto la narrativa de Antoñín Díaz que habla por sí mismo, incluso a través de sus personajes. El territorio es, por ejemplo, "Rosario y Chano", los dos protagonistas que dan título a uno de los relatos, el que transcurre precisamente en la playa de La Barrosa.

El territorio de la Bahía -su ser, su esencia y su historia- son inseparables del propio Antonio. Del narrador que nació en La Isla, vive en Chiclana y se reivindica "ciudadano de la Bahía" como lo era Fernando Quiñones. "Yo tengo la misma forma de ver la chiclaneraidad que tenía Quiñones. Es decir, de ciudadano de la Bahía. Me muevo mucho por Cádiz, lo mismo en San Fernando, en Puerto Real incluso y en Chiclana por supuesto. Pero siempre sin tener la impresión de cruzar ningún tipo de frontera". Que se mueve libremente por este gran país que es la Bahía de Cádiz. "Esa forma de pensar la sostengo -manifiesta-.

Me hace ver la universalidad de lo concreto, de una calle, de una orilla de una playa. Siempre he visto el localismo de cualquier historia como algo universal y no excluyente. Tampoco trato de dirigir lo que escribo a un lector localista, sino universal". No de otra manera puede escribirse, puede crearse literatura. Desde las orillas de La Barrosa, de la playa de la Casería o de la misma Caleta -como ya lo demostró Fernando Quiñones, si acaso había que demostrar algo- es posible erguir una literatura transfronteriza y cosmopolita.

La infancia es la herramienta de la que, en la mayoría de los casos, se sirve la memoria para transformarse en literatura. "¿Qué extraños mecanismos desatan los nudos gordianos de nuestras neuronas? Un perfume, una imagen, un sonido, una palabra… son llaves que liberan las escondidas vivencias de nuestra lejana infancia", escribe en el relato "La bolsa de jabón Lagarto". Y la infancia de Antonio transcurre en un San Fernando de los años 60 y 70. De la calle Real a Camposoto suceden un buen número de los relatos de Antonio. Sobre todo de los protagonizados por Alienando o, más bien, Alienandito, como casi siempre le nombra. "Alienandito surgió en unos pequeños relatos sobre mi infancia, totalmente vivencial y con datos entrañables, incluso. Fue evolucionando, fue fantaseando, y lo he ido usando como personaje, quizás menos de lo debiera, que siempre es posible identificar conmigo mismo. Siempre he sido yo. En su forma de expresarse, en su forma de jugar. Siempre es testigo, nunca es protagonista. Casi siempre ve el mundo, no participa de él". Es el mundo de sus amigos: del Congui y el Mori, de Nafri, Pepi, el quiosco del Múo y el ultramarinos de Vicente el bizco. Es el mundo que, siendo La Isla, retrata un lenguaje, una atmósfera y un espacio que es también la Bahía. Es el mundo que es memoria y a la vez ficción.

La literatura de Antonio Díaz no es un artificio, es instintiva, es natural. Está en su propia manera de entender el mundo. Y lo mismo está construida de "chispas, pavesas y chiribitas" -esos primeros microrrelatos incendiarios y poéticos- que de "candelas", como nombra a los relatos breves, de mayor ambición narrativa y en los que ha alcanzado una precisión sobresaliente. Esta "Memoria en llamas" se completa con un epílogo, los "incendios", que son relatos más extensos -en torno a las diez páginas- que en algún caso recuerdan a su novela "Los años de la Ballena" (Círculo Rojo, 2014). Pero a la que, sin duda, superan. Y es que este medio centenar de relatos iluminan y posee esa intensidad arraigada en ese fuego alrededor del cual surgió la literatura como memoria oral. El próximo miércoles, en jardín del Museo Municipal Francisco Montes "Paquiro", nos reuniremos a las 20,30 horas en torno a otro fuego -el romántico- para presentar y disfrutar con "La memoria en llamas" de Antonio Díaz y la guitarra de José Luis Morilla. Están invitados. Eso si antes nos hemos ardido en las brasas de agosto.

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