U stedes me van a perdonar pero no tengo más remedio que volver a hablar de este complejo de superioridad que tienen algunos gaditanos cuando llega febrero.

La vieja, culta, tolerante y señorial ciudad de Cádiz ha caído, por culpa del Carnaval, en el catetismo más absoluto. Una ciudad que ya no sabe ni reírse de sí misma y que ha llegado a creerse los piropos de los autores de comparsas.

Viene esto a cuento por la famosa inclusión de Cádiz entre 52 lugares que The New York Times recomienda para visitar este año. Poco nos ha importado que el fulano del artículo o de la lista diga que Cádiz es un pueblo de Jerez y que lo mejor que tenemos es un restaurante situado en El Puerto de Santa María.

Alguno ya se imagina a cientos de norteamericanos paseando por la antigua avenida Ramón de Carranza, hoy del 4 de diciembre, lanzando billetes de cien dólares como en la película Bienvenido Mister Marshall.

Y no. Ojalá me equivoque, pero la cita de ese periódico solo servirá para que nos visite algún estrafalario americano más inclinado a alojarse en los bajos del Balneario de la Palma que en un hotel de cuatro estrellas. Más proclive a la calle María Arteaga que a la barra del Faro.

Triste sino el de esta ciudad, otrora emporio del orbe, destinada a tener que escuchar año tras año que es la más bonita del mundo y que sus gentes son las más simpáticas.

Y mientras, la gente sin trabajo y los lunes al Sol.

Eso sí, leyendo The New York Times.

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