Se que no soy el primero que me refiero al caso de las medallas, y de seguro que no seré el último. Pero aun así, es bueno recapitular sobre lo ocurrido no tanto por la afrenta como por el hecho en sí, y ello porque realmente, es todo un plato de mal gusto que una verdadera ofensa.

Es todo algo tan sumamente portuense que ahora se de dónde sacaba Muñoz Seca los temas de sus astracanadas. Y es que del asunto, lo más sorprendente es que en una ciudad de más de ochenta mil habitantes, y en la que un cargo de concejal tiene cierta transcendencia, se den situaciones tan sumamente absurdas. De seguro que muchos querrán restarle importancia, incluso algunos hasta lo justificarán. Quienes quieran ir más lejos llegarán a afirmar que somos un pueblo laico (eso sí, si en lugar de tapar a la patrona tapan la estrella republicana que en alguna ocasión coronó el castillo, hubieran corrido algo más que ríos de tinta); otros afirmarán que son ofensas personales; alguno hablará de un despiste… eso sí, bastante pensado ya que afectó a veinticinco medallas. Por otro lado, nadie asumirá responsabilidades, pero tampoco creo que las haya, sobre todo porque algo tan ridículo como lo ocurrido merece más risa y desprecio que enfado.

Si nos paramos a pensar, el hecho tiene fácil solución. La primera, retirar las medallas, cutres per se, medallas que ni se entregarían en una pedanía, con todos mis respetos hacia estas. Y es que, con el máximo respeto al ahorro, hay ocasiones en que más que ahorrar se puede hacer el ridículo. Por otro lado, que alguien tome un símbolo de la ciudad y en lugar de proponer que se elimine del escudo alguno de sus elementos, lo elimine motu propio, demuestra no ya talante poco democrático, ni intolerancia, más bien demuestra la cortedad de mente para organizar algún hecho destacable. La pura verdad es que el asunto tiene muy fácil solución, que pasa por dignificar el gesto, sin más trascendencia que la que tiene, dándole la importancia que tiene, que más bien es ninguna. Ni siquiera tiene importancia quien lo hizo, ya que supongo que más de alguno sonreiría, más de alguno colocaría esas medallas en la mesa antes de ser entregadas, más de alguno las observaría cuando organizó el acto, acto por otro lado, que dada su transcendencia, merecía un recinto de mayores dimensiones.

Buscar culpables son golpes al vacío, es generar una polémica digna de salir más en programas de humor que en las noticias. Este asunto sólo merece encargar nuevas medallas donde siempre se encargaron, con su escudo esmaltado en lugar de pintado. Al fin y al cabo, algo tan digno como ser concejal, se sea del partido que sea, merece algo más de respeto y dignidad, ya sea para acudir a una procesión, o para mostrarla con orgullo en una vitrina en la Casa del Pueblo. No creo que ningún concejal, sea del partido que sea, se atrevería a lucir dicho símbolo que representa el apoyo de sus conciudadanos, ante nadie… En ocasiones, las astracanadas sólo demuestran que siempre hay bufones en la corte.

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