A escasas horas del inicio del puente, pues aún quedando días, para muchos el viernes será el comienzo de todo, nos planteamos la gran entrada a unas fiestas. El puente siempre ha sido como la puesta a punto de cara a las Navidades, a días de las grandes fiestas, en las que, a veces con puente y a veces sin puente, todos disfrutamos de algunos días de paz.

Así las cosas, diciembre se abre con un puente de tal magnitud que a veces, sobre todo cuando el seis cae en martes, más que puente es acueducto. En otros lugares tienen semanas blancas, aquí, el puente más laico religioso del mundo, en donde se festeja un hito político y un dogma religioso, no haciendo absolutamente nadie ascos a ninguna de las dos fiestas.

Y es que el puente, como decía, es la puerta, el entrenamiento para las fiestas navideñas. Pistoletazo de salida, el puente, que por tradición sirve para decorar la casa, para iluminar las calles y para inaugurar campañas. Campañas que, como manda la tradición, serán objeto de puyas, criticas a los gastos y reproches. Pero, y centrándonos en el hito político, ya han pasado muchos años y los partidos, al menos los tradicionales de este bipartidismo encubierto, no pueden o no deberían ni hacerse reproches, ni criticarse, y no por ese amor navideño que en estos días parece poseer los espíritus más falsos y retorcidos, sino por el simple hecho de que en algún momento de estos ya muchos años todos han gobernado y han hecho lo mismo, o sea, gastar en alumbrados, o retrasarse en su inauguración, organizar cabalgatas, cagarla o vanagloriarse, un de todo que todos en uno u otro momento han vivido, desde un lado o desde otro. Y es que el puente es lo que tiene, el preludio de mucho amor, tanto o más que las tabletas del turrón del blando de las ferias prepandémicas.

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