Análisis

JOSÉ MARÍA VINARDELL CRESPO

Todo lo mío lo llevo conmigo

Omnia mea mecum porto"- así respondía el filósofo Bías a quienes le preguntaban por qué no llevaba consigo sus objetos de valor cuando huía de su ciudad, que estaba asediada por el persa Ciro, según cuenta Cicerón.

Desde hace unos días merodean por el patio del edificio Reina Victoria unas personas que acampan allí con todas sus pertenencias (carros, ropas, bolsas, botellas, …). Se dice que padecen el síndrome de Diógenes. Hay leyendas que revelan cómo el filósofo descuidaba su aseo personal o que vivía en un tonel. Pero no hay constancia de que además acumulara desechos, enseres u objetos inservibles. Su afán era desvincularse de las necesidades que preocupaban a los demás, y siempre iba con una lámpara buscando un hombre virtuoso. Se dice que Alejandro Magno, ansioso por conocer la austeridad de Diógenes, le preguntó: "¿Qué le pides al gran Alejandro?". Él le contestó: "Que te eches a un lado, que me quitas el sol ".

Este patio del Reina Victoria se puede considerar un "bien común de dominio público". Ello implica una "servidumbre de paso". Allí se encuentran la escuela de música Bravissimo y el gimnasio Eritheya. Al igual que Alberto Durero, como otros pintores del Renacimiento y Barroco, protegía la desnudez de Adán y Eva, cubriendo sus partes pudendas con hojas de árbol, así también el dueño de la escuela trata de proteger lo suyo con plantas, macetas y carteles de conciertos. Cuentan que antes, al morir las horas, en la bajamar y, sobre todo, en las noches de plenilunio, cuando las estrellas que van apareciendo persuaden al sueño -como decía Virgilio- se oían voces cruzadas que partían de la escuela o del gimnasio y sonaban gozosas o lastimeras como aquellas coplas dormidas de la Edad Media en las que dialogaban el alma y el cuerpo.

Ahora ya no. Cuando llega la noche y se van cerrando los comercios, empiezan a llegar ellos arrastrando sus ajuares. ¡Con qué mimo van ordenando sus pertenencias! ¡Cuántas historias, cuántas imágenes antes del sueño! ¡Cómo se arruga el tiempo en sus memorias! ¡Cómo se van diluyendo en sus recuerdos las voces y los rostros de los suyos! Aquellos juegos y caricias de su niñez, porque todos ellos fueron besados y abrazados alguna vez.

Pero ayer no vi a ninguno. Quizás esa vis errática que hierve en su sangre los impulsó a explorar otros parajes, o tal vez sea porque la otra noche los desveló la luz que el filósofo Diógenes llevaba buscando un hombre.

Esta mañana de nuevo encontré a uno. Se había echado a dormir enfrente, buscando el abrigo junto al Fogón de Mariana.

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