Lo que llega

Agosto era un mes de mucho sosiego, de largas siestas. Luego continuaba la vida

No sé si estoy equivocado al mirar "lo que queda del verano" como un tiempo ya amortizado. Porque tengo la mirada puesta en lo que llega. Lo que llega es como el tiempo para San Agustín, lo que el obispo de Hipona solía decir. Me apasiona San Agustín. Pese a que decía que el futuro no existe, ni el pasado. Es como lo que ha llegado y se acaba de ir. ¿El presente? Es un modo de eternidad. Una pesada carga, igualmente. Sobre todo cuando nos ahoga, nos golpea, nos inquieta. Queremos que pase, que termine, que venga lo nuevo.

No es el primer verano de mi vida en el que me enredo yo mismo en estos laberintos. No olvido mis principios. Tuvieron un origen que me marcó sin duda: esta ciudad. Fui el integrante de un 'partido' local de personas como yo, versos sueltos, amantes de La Isla. Los recuerdo ahora: Fernando Miranda y Alberto Otero, José María Hurtado, Ignacio Bustamante Morejón, José González Barba, Antonio González Muñoz… Ya no están y son muchos los nombres que no menciono, sería imposible. Todos tenían ese lazo invisible que los unía, era como un dolor de la ciudad, un goce de La Isla.

En el imaginario siempre estaban las huertas feraces, los caños llenos de peces, los manchones esperando a la especulación, que acabaría llegando. Puede que sea una ensoñación pero en mi infancia vi en La Isla a La Isla que se resistía a morir, la ciudad de finales del siglo XIX que sacó los pañuelos blancos para despedir a la flota del Almirante Cervera, que iba hacia la muerte en la bahía de Santiago de Cuba. También estaba bajo el sol de estos días, que despoblaba el pueblo, lo metía en la sombra de sus casas, las columnas que embarcaban rumbo a Marruecos, donde les esperaba la sepultura en los pedregales de Melilla. Pocos duelos como los zarpazos que le dieron a la calle Real, cuando sabíamos que era una seña de identidad, un lugar envidiado por la provincia. O la incomprensión por no poder poseer una radio local, que Marina vetaba porque interfería sus comunicaciones. Marina era, como bien sabes, una presencia enorme en San Fernando. Fuente nutricia, escuela de personalidad, oficina de colocación. Pasado agustiniano, lamentablemente. Como la hoquedad que queda de lo que fue Fábrica de San Carlos, un lugar para ir a llorar.

Sí, nos reuníamos, hablábamos, mirábamos fotos antiguas de la Real Isla de León, escribíamos en el modesto y grande Mirador de San Fernando, que salía los lunes con la tinta fresca de la imprenta. Agosto era un mes de mucho sosiego, de largas siestas, de abanicos. Y luego continuaba la vida. Era lo que llegaba como me ha llegado a mí ahora la melancolía y la mirada esperanzada a un futuro que deseo que sea los sueños cumplidos. San Agustín nos ayude.

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